domingo, 9 de julio de 2017

fe

No existe hora, ni minuto ni hora
en que no piense en mis hijos,
la costumbre de su ausencia
no se supera, tal vez los lobos del alma
se hayan colmado con el tiempo, y sin embargo más duele
esta herida de parto, que hemorrágica aniquila
al ombligo. Podrá la cara coser una sonrisa con dientes,
fingir ser azul cuando la oscuridad más absoluta
navega en un bote salvavidas
por las calles, en los entuertos,
en las colas del cine,
con mi tropiezo en el espejo de sentir los dedos separados de las manos.
No existe hora, ni minuto ni hora,
que no estén en el portazo, en el abrochar
del abrigo, en la limpieza diaria
de encimeras y en el deambular al trabajo
bajo los árboles o el rayo fulminante
del estio. No existe paz, ni felicidad
oportuna para la gran actriz, la mímesis
del destierro, el cadáver que habla,
la mujer regadera,
la lombriz parlanchina, la yaga, el pus, la halitosis,
corrupto mal que se trastorna en garrapata
para llorar el vacío de madre, el cordón alborotado
en el motor, en el ancla,
en un reloj que no existe,
por la hora, del minuto
en que un día podré una vez superado el trance,
el alcohol, los medicamentos sin prescripción médica,
dormir, sin miedo.

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