jueves, 11 de mayo de 2017

Nieve en las manos

La luz, el ruido.

Las linternas iluminan los vacíos del bosque
en la pretensión de las luciérnagas,
de los faros de autos
que dilatan las dianas de los ojos.

Pero, el pie se rebela, baja de su pico zapato
y busca la llanura de la manoletina,
mientras se aleja mi sombra
y aparco en un cuadro de Hopper
en una mesa beige con sillas sin transeúntes,
pobladoras de un bar de cadena china.

Este silencio sanador con el leve flujo
de la horchata, y un sanador silencio,
roto cojo con los pensamientos
de peón femenino que huye de la luz, del ruido.

Salir del bosque-jido, a pesar del jolgorio de los ruiseñores
y de las caras felices de los infelices,
costearme el pasillo,
la rampa del barco,
y la justa luz rompiendo este aire de zefiro
que acalora los vaqueros de los adolescentes
y una poeta noche
que nieva y luego llora.

Artificiosa. Bombillas móviles y el ladrido.

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