domingo, 9 de abril de 2017

Cacahuetes

Nunca entiendo la escabrosa reverencia
de cerrar la puerta a mi paso,
cierras la puerta,
cierras la puerta,
cierras la puerta,
como en un salón de espejos en una feria de muertos;
te metes en la habitación y cierras la puerta,
comes en la cocina
o te recreas con una película
y cierras la puerta,
poniendo punto final a la presencia,
lapidas la fotografía,
la llenas de arena y cal,
con la puerta en losa constante
al aire circulatorio de mi voz
y tus huesos.

Cierras la puerta
y me quedo aislada en el vertedero de tu vida.

II

Cuando era niña, y mi padre masacraba
la casa de las muñecas

y veía desde un dedal
como se convertía en un tiburón
descuartizando a mi madre.

Cerraba la puerta.

No quería ver ni escuchar.
Tenía el miedo de una gota de orina.
Pensaba en la falsedad que había huido
de la carnicería.

Cerraba la puerta
y con los pulgares ahogaba
al sonido de mis orejas.

Cerraba la puerta.

III

Sumida en la mudez de una casa,
la puerta estaba cerrada, a través de los cristales
vi como dormías con el volumen de la radio en pértiga,
pero, yo sentía que me había convertido
en un paquete de galletas
en una expendedora de barrio.

Te he preguntado, por qué cierras la puerta.

y me has respondido nada
que hubiese sido mejor
que ninguna pregunta.

Ahora sola entre mis sábanas, tengo las puertas
abiertas de mi casa, a excepción de la de la calle,
no me gusta cruzar puentes entre agujeros.

No, tu puerta cerrada habla demasiado.
Y empiezo a estar cansada de abrir la yaga
de quién anhela a vivir
a espaldas del mundo.

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