sábado, 4 de febrero de 2017

Nonoche

La ilusión se ha sentado en el vagón
al lado de un chico con gafas. La esquivo en cada beso que el tiempo
obsequia a la vida.

En los niños azarosos como cohetes de feria,
y en los autos de colores en el semáforo,
emulando a peceras
con conversaciones de vaho.

Luego viene el obelisco, la soledad absoluta,
escuchando desde una nota en el pentagrama,
a los que exorcisan en gestos airosos
la dicha en las mareas de los adentros del poeta.

Del ruido estrófico, desde un pequeño retrete
de esos de cerámica. El endiosamiento
que se auto-escucha en el comedor de los vientos
alimentando al carnero con flores.

Con el vinilo, que emite el canto de la dinamita
para las paredes que caen con el efecto de la resiliencia.

Porque tal vez, es hora, de salir del aseo
y cruzar esta casa
de habitaciones independientes.

No entendiendo las flagelaciones poéticas,
ni el oír la voz propia mirándose el narciso.

No soy nadie en este anfiteatro,
más que una vagina que canta en una Ítaca de extrarradio;
una mujer afónica,
que escribe lo que le dicta la pleura.

Y se apoya en el lavabo.

Mientras se entremezclan las odas
como una lluvia de febrero en un cine.

No sé de poesía, demasiadas negaciones para el alma,
aunque ya a la edad de una, distingo la rata del pescado.

Y sentada en un vagón
puedo ver el amor verdadero en los ojos de una pareja.

Y la celeridad del paisaje.

Para salir en silencio.

Con el cansancio en la espalda

Del poema.








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