miércoles, 30 de noviembre de 2016

Narciso y Eco.



Cuando tengas ganas de morirte 
esconde la cabeza bajo la almohada 
y cuenta cuatro mil borregos. 
Quédate dos días sin comer 
y verás que hermosa es la vida: 
carne, frijoles, pan. 
Quédate sin mujer: verás. 

Cuando tengas ganas de morirte 
no alborotes tanto: muérete 
y ya.

JAIME SABINES.

Eres especial como una ventisca de nieve en la playa,
que nunca se mide con el baremo 
de calibrar más con las manchas que con los centímetros.

El botón verde en el vestido de novia,
y las siete patas de los perros
en un planeta, peonza de la galaxia.

La luna cuadrada con lobos de lana.
Los dioses unicelulares que no existen en la aritmética del uni-lateral.verso
Mutilador de las personas que de verdad
torpedean con el  buen hacer de los amarillos trigales.

Para no entender del perdón en lengua cervantina,
frente al descaro de su selección natural.

Será cuestión de rarezas, ser genio sin lampara
y arañar puertas de ropero
en busca de resquicios de chispas y otros artefactos.


.Cómo decirle que aunque me cortaran la lengua de su agua no bebería,
que hay quien "yerra" pulpos por calamares,
y piensa que la mano samaritana,
siempre, cobija el ruiseñor de los punzones.



domingo, 27 de noviembre de 2016

Tifón de las ánimas.

De qué sirve el ruido de la guillotina
cuando otoñal cede su hoja en el cuello.

Presa del varadero que intercambia la angustia
al terremoto de las iguanas
y diluye el cianuro
como la mancha de sangre en el lavabo después del suicidio.

No, no deseo el bestiario de aquellos días arrecifes,
donde la dama caía con vestido caladero
y los vacíos paseaban con café rancio
en detrimento de la caricia.
La negación del beso que tanto traficó,
en purgas que erosionaban al mar.

En este aceitunero apoyo mi cabeza, qué importa,
si el filo agudiza y la nuca pende de la cuerda
con el corazón entre sus manos,
desguace de mujer viva con el Adviento.

En hombría de método, en brisa boca,
amor, cuenta la hebra y tuerce la puntada,
que cosida prefiero morir en tu tierra
lejos del marino león que canta a sirenas
porque en ti puedo morir y nacer, y morir y nacer.

El pasado no era más que una hamburguesa,
comida por las hormigas
en la bahía de los contenedores.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

El elemento del fuego.

La llama.

La quemadura de la vianda en la lengua paciente en el plato,
que cede a la gula por el impulso del cubierto.

El poema, a punto de saltar del trampolín de una página
hacia el éxtasis de la asfixia.

La velocidad, con las ventanillas bajadas a las nubes,
con los coches en paralelo infringiendo las normas
en el descuido de los átomos
haciendo frente al impacto
con el derrape de las ruedas en el agua.

Y subir escaleras en contra de la marabunta en la terminal
porque vas a perder el avión
para anotar en el estómago el gusano
del vértigo, del aterrizaje después de la tormenta.

La calma después de la ira.
El ansia al abrir una carta.
El beso.
La vela.
El candil. 
La llama.
El elemento del fuego.
La inteligencia.
Que enciende la oscuridad en la noche.


Cómo decir que soy una devoradora de adrenalina
que muere como un pétalo entre los libros.



domingo, 20 de noviembre de 2016

Anestesia.

Qué será de todas las muñecas de porcelana de sexo indistinto, 
blanqueamiento del derribo, rojo por la sarna.

El misil, número sin número, que cayó del cielo,
cuando en la niñez nos enseñaban que el cielo era bueno, 
que traía la lluvia, el sol que asaba a las patatas,
la luz que cobija las manos que ahora sangran en el asedio.

Estoy inmóvil. No siento las rodillas y soy un saco de cal que ya no llora.

Cebolla bajo la tierra que sin raíces escucha los latidos de los perros.

Sólo, aguanta un minuto más, juguete de juguetes que cierras los ojos.

Mi cuerpo es ahora la casa de mis padres,
y  sé que no siento las rodillas.

La boca se llena de un amasijo de lo que por tanto matan,
esta cucharada de ciudad
que respira aguda el hilo que trae la ruina que baja hacia los infiernos.

El cielo para el apátrida
es el tumulto de los abrazos 
tras los bombardeos

de la  ira

para los hijos de porcelana de sexos indistintos.

.






jueves, 17 de noviembre de 2016

Canción triste de Bird-Street.

Cuando en Chinatown derribaron los bloques
y en su lugar edificaron un aparcamiento de pisos,
de esos, que en espiral levantan el ánimo.

Creí morir de pena, la ruina fue sin previo aviso,
con una antigua arboleda en barricada
y un pequeño colmado que dispensaba galletas de la suerte
a los que aún poseíamos la fe
de que de amor se podía morir.

Fue tan inmenso el vacío que las manchas de los perros
cayeron igual que las hojas del otoño
y el grifo en su goteo cantaba clerical
al entierro de conversaciones, y aguas
que se desvanecieron en trances, productos de la demolición.

Qué duro encontrar la salida entre los escombros,
poder tramitar cada una de las circunstancias
a un destino de cuerpo encogido dentro del saco,
de preguntas sin respuesta,
de gusanos que se devoran ensimismados
la seda, al no tener sustentos ni en la lluvia del oeste,
ni en el canto de las piedras al caer con los hierros,
ni en la necrosis que supuso la cobardía
de los que se van y regresan,
como sino hubiera pasado absolutamente nada.

El dolor creció en rosas.
La incertidumbre braseaba al poema en la noche,
creando hogueras que quemaron los sueños.

Los árboles volverán después de las islas,
y el perdón lleva franjas en los parquímetros.

Todo está igual, los edificios, las calles,
las farolas, las tuberías, los cubos de basura, los tabiques.

No te lo creas, tus ojos han cambiado.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

La disparidad del mobiliario.

El sillón orejero.

De brazos desgastados.

Sostenido por cuatro patas de mariposa,
aguarda el asentamiento de la colombofilia
en busca de las migas del pan
entre sus cojines azules.

El sillón impaciente.

-No,cariño.
 Aún no ha llegado la _ora de sentarse.

martes, 15 de noviembre de 2016

Vistas periféricas de los ángeles sin ojos.

La vida, esa apócope de poemas
insertados en caras, labios,
y estrafalarias apuestas de sol y de lunas con dientes.

Como una alimaña enseña
los reversos; pero, siempre hay un número
que no cuadra con la llave de un hotel
frente a la puerta 345.

Llamar al servicio de habitaciones,
olfatear el cloro de las toallas
y buscar "rato-línea" entre los obsequios,
cortesía de aseo, de una fábrica en Beijing
que abastece con 30.000 pastillas de jabón,
15.000 peines porque existe la calvicie de las palabras.

Y una esponja de calzado tan diminuta
que no logrará acallar los pasos,
de los maleantes que hacemos de la rima una psicosis,
y que nos gusta lamer los dedos en sincronía ante el resultado
de las catástrofes escritas.

Todo cabe en un estuche, hecho para nomos,
que recicla los instantes que tú y yo resucitamos
en aquel hotel adyacente  a la antena de telefonía móvil,
rebosante de "pajarocópteros" que no piarán lo que vieron.

En la habitación 345.

Service Room , para los amigos.

Picasso (1901) La habitación azul.


domingo, 13 de noviembre de 2016

La preposión del lugar.

En los triángulos y elipses.
En las montañas y pendientes.
En el veneno que cura.
En lo que mata y debilita.
En tiempo de dormitorio.
En cambios de luna.
En exequias y transhumancia.
En querer y no querer.
En la guerrilla de la pasta dentro del agua hervida.
En quédate y nos vamos lejos,
                                              junto al infierno.
En el  credo y en el castigo.

En un chiscar.
En un portazo.
En un santiamén.
En una lupa, cerradura, embudo y latido.

En una cuestión de ambos.

Ll.Ll.

La evolución de las especias.

Las nervaduras del viento
con la tamizada luz de Noviembre,
de feriantes castañas y puestos de canela en rama
redimen al kaos de los ojos.

No se sabe muy bien la dirección del mundo
pero las leñas cuecen en la supervivencia diaria,
de palomas hechas de periódicos y embriones digitales
que nos acariciarán cuando decrépitos nos cuiden
la única matriz que alimentamos.

Las máquinas,
en constantes vitales de poema,
de bultos frente a las pantallas,
imperiosas voluntades
que nos mantienen con vida.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Sayonara Cohen.

El vacío de un sombrero, junto a una taza (que contiene el pigmento de la tierra)
sobre la mesa de mármol aguardan
al poeta que no regresará esta noche
porque los trenes chocaron contra los márgenes
y los aviones perdieron sus alas
transformando las sangrías en orugas rojas
con la pretensión de que la voz regrese
a la trama de organza que detrás del visillo
transparenta a la mujer, número 451.

El café helado, en la espera impaciente de los lentes de la lluvia, 
pétalos de microscopio,
pinceles en los lienzos de los pintores locos.

Leonard, cohe-xistes como el fantasma de la ventana opaca
que se encierra con la caja de música
que bailan los trajes olvidados en el armario,
que anhelan los versos de los trazos ácaros que no encontrarán la salida.

Este garabato que lleva la muerte sin ojos,
en la atrocidad de expoliar los siglos
de la verdad cantada para que no la lleve nadie.

Buscando en la cabeza, en la armadura de un ente
que ha caído en las zanjas del tiempo.

Una taza fría, una chaqueta mal colgada en hemiplejia
y la mirada turbia del cielo 
en los charcos del extrarradio.

Morir, cuando se mueren todos un día u otro.

A 50.000 besos de profundidad.

La mirada llena de melocotones.

Y esa donación de la que farfulla el poeta,
no concebirá el virus que atente
a la locura de saberle, en cada momento de onda,
de tener las manos plenas y sentir las dagas ocultas
tras el pecho, y notar el corazón brincando carpa
por las sábanas, solicitando a santos y a demonios
que mis tobillos no anden, que mi boca no quiera beber
del veneno que de su hombría emana.

Postrada a la merced de las sanguijuelas
en esta tísica esperanza, del fragor de los árboles
floridos de su torso, de la palabra enervada
que crece hacia el infinito, de que bajar al infierno
y cuartear con losetas mi alma
es mejor que rendir tributo a su entrega.

Y qué puedo hacer, de este seísmo,
que derrumba todos los acentos de mis poemas,
de esta ansia de consumación
para luego barrer la vileza,
al ser un peón para un coleccionista.

Debe creer que este mal
no se porta de un modo extensible.

Duele, y de qué manera.
Para comer de su cuerpo, aunque sepa que al  alba
olvidará el nombre, y moriré de inanición por las calles.


martes, 8 de noviembre de 2016

Punto y coma de volantes.


En el adoquín de la noche
con la luz encendida
abrir las ventanas, no contender el llanto literario
que como un sarpullido es la carcoma
del ecosistema del poeta en desuso.

Necesita escribir en la ciudad de los muertos
a las tres de la mañana, para el profano
que cree que dicta la voz el averno;
en el rato del hilo de que colgó
como una araña en el tejido de un traje de Zara.

Desea escribir
con todas las fuerzas
al desparpajo de la luciérnaga
iluminada por la pantalla de un móvil.

Con la comprensión de los renglones
que escalan a la locura en vuelos de avión
de países donde nunca ocurre 
gacela,
nada,
baches
y pista.

Escribir, una banalidad de tigres salvavidas.


La mostaza de Bóston.

Que rareza el sentir que formas partes,
de maderas con canciones alumbradas
y que el abrazo comprende el idioma de los silencios.

Mirar de cola de cereza y prender las cartulinas
que crean universos paralelos
a la fricción de las manos en los ríos
de lanzar barcos de papel moneda.

Este amor de gelatina que ha venido en forma de trigo,
que guía con su fuerza de pan a la aventura
de arriesgar lo que me queda del alma.

Tiempo hacía de noches sin luna,
amarrada a las cáscaras de los lobos
que hicieron la mortificación
de pájaros en el lugar
donde sólo deben crecer
lo que él ofrece
matorrales de moras y de helechos
que aprisionan a la verdad
de que de ésta, nadie, va a salir vivo.

Y mientras unos se apean a cápsulas
en esa huida perpetua de las sombras,
existen miércoles
que las hojas de mis vestidos 
caen en árboles.

Miro, al hombre,
y en él hallo,
la llave, el café, la salida, por un momento, de una mujer
con derecho amar y a ser amada.

Compartir terrores nocturnos.

Ahora que la noche no la pertenece
el pudor de que él vea los trágicos, 
ida en otra dimensión,
la convierten en un extraño pomo
en la puerta de su dormitorio.

En ese momento
mil caballos por hora
arrastran el cuerpo
bajo las constelaciones.

Los miedos que se agudizan, toman por revancha a la niña
del pijama y tirita, tirita de frío.

La desnudez de la inestabilidad mental,
cuando ni articular puede la palabra
con el trotar en el corazón 
que conduce el alarido hacia la calle,
en verbos de trementina
hasta despertar del trance
como un flecho.

Esta madrugada de propia voluntad
ella duerme sin el temor al esputo del pánico, 
permitiendo que el poema
emerja submarino de entre, el miedo, las aguas.


Y él, que duerme al otro lado,
pregunta por el color de los monstruos

que habitan 
en los sueños
de la mujer callada que mira a la pared.


viernes, 4 de noviembre de 2016

Sin título.

El ruido entrecortado del alumbramiento de la araña, puede retumbar
a cualquier corazón con orejas
escuchando el zumbido de los insectos
y el rasguño en las paredes del intestino
de los parásitos
que auscultan antes que nadie al poema.

Un encuentro supondría mi pena de muerte,
pero el cianuro de sobrevivir de este otoño, que se diluye cada luna
en un agonizar progresivo, después de los últimos
acontecimientos y la pérdida física de una amiga; crea que han encomendado
que prefiero morir esclava
que vivir reina.

No sé en que parte del planeta mora.
Si es zócalo, o muro.

Estrella o herida.

Balancea la espada, la espada de Damocles
enhebrando el alma que aún le pertenece.

¿Qué es el cuerpo dado a trozos
al perro hambriento, colgar sin piel
en la carnicería?

Qué verso extraño, le sucede en su periplo mundano
que sólo Lope de Vega comprendería
en este oficio de amar a lo poeta.

La espada, no la mueva se lo suplico,
pero, al beber hasta la saciedad del vinagre
con los ojos sin horario de apertura, ahogada le suplico que corte la cuerda que la sujeta.

Que ella me atraviese.Para morir antes de su huida, que hará que desaparezca
como es habitual en su menester de invisibilidad humana.

La secretaria de la oficina 451,

Es lícito preguntarse cómo la oficinista sobre un cúmulo,
se siente, con su posición estable
de aguja vertical clavada en la mano

Desde el rascacielos desafía al horizonte
y apura su barra de labios
bebiendo café de máquina.

Sabes que ella se descalzaría riada a romper sus guijarros
contra los escaparates.

Que en esta postura cómoda
ni las sillas giratorias pueden desacelerar el mareo
que produce la memoria estrábica
del incendio de dos cuerpos
en el sótano aparcado
de coches sin ruedas.

Todo parece tan bonito a través de las fotos.
Los amigos se mueren.
Las máquinas de escribir sólo deletrean palabras beatificadas
y no osan a usar los tacos
que picantes suben como hormigas
por sus medias.

La cigüeña paralítica,
colocada donde la ponencia deseaba,
cerca de los enchufes sin música.

Y vivir sin música para la mudez secretaria
en un edifico de cristal
a punto de romperse.

Vivir sin música

corresponde 

a los que nunca nacieron.





Pequeño poema con patas cortas.



No se equivoque,
soy una torturadora
que nada tiene que ver
con tortugas y el adorar salado.

Martifico, igual que hicieron conmigo
cuando era un pequeño poema
con
patas
muy
cortas.