martes, 8 de noviembre de 2016

La mostaza de Bóston.

Que rareza el sentir que formas partes,
de maderas con canciones alumbradas
y que el abrazo comprende el idioma de los silencios.

Mirar de cola de cereza y prender las cartulinas
que crean universos paralelos
a la fricción de las manos en los ríos
de lanzar barcos de papel moneda.

Este amor de gelatina que ha venido en forma de trigo,
que guía con su fuerza de pan a la aventura
de arriesgar lo que me queda del alma.

Tiempo hacía de noches sin luna,
amarrada a las cáscaras de los lobos
que hicieron la mortificación
de pájaros en el lugar
donde sólo deben crecer
lo que él ofrece
matorrales de moras y de helechos
que aprisionan a la verdad
de que de ésta, nadie, va a salir vivo.

Y mientras unos se apean a cápsulas
en esa huida perpetua de las sombras,
existen miércoles
que las hojas de mis vestidos 
caen en árboles.

Miro, al hombre,
y en él hallo,
la llave, el café, la salida, por un momento, de una mujer
con derecho amar y a ser amada.

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