martes, 6 de septiembre de 2016

La resignación galla.

El hielo se derrite en el vaso de tubo.

La desnudez de los guantes de boxeo que cuelgan del gancho,
vacías marionetas de piel de potro del estímulo al golpe.

Y a lo lejos.
Los perros ladran a la vida,
desde sus pupilas que pueden, 
observar como se zarandea desde los abismos
el dilema que nunca se es demasiado viejo
para morir, para tomar por asalto
con las cabezas encapuchadas al destino.

Hierve dentro de la olla un chorro de agua
para un tila que pide ginebra,
pero, los tiempos han cambiado,
y es mejor conformarse con las dos cucharadas de azúcar.

Ya no se puede ni debe, apurar
las mesas en las esquinas de los salones. Crecida del río
espectador a una anestesia,
aunque tal vez vendan en los quioscos el manual de los aprendedores,
la lección de asimilar la marcha de un amigo sin vuelta.

Allí, donde las peleas callejeras te matan a palos
y la soledad lleva perfume de Carolina Herrera
con la resignación galla de sofás maltrechos, de guías por abecedario,
de equilateros con el rostro bajo una toalla
de aquellos momentos que fuimos jóvenes
y manchamos las paredes de los suburbios
con nuestros sueños.

Me gusta recordar tal como éramos antes del precipicio.

La pena que una escupe más que escribe.

Ilustración de Ana Juan.




Sempre amb noltros Joana. 

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