martes, 27 de septiembre de 2016

Freud tiene la culpa.

De qué sirve el trasplante de córnea,
y que el cuervo con senos,
desprenda la luz de las linternas.

A veces usted regresa.
Esta noche ha sucedido,
con el agua bajo el glaciar de Europa
y las matrices de los sueños 
alumbradores del espanto.

El rostro de cera y el abrazo por la espalda, 
signo inequívoco del abandono
en el módulo de la oniromancia,
con sus manos que ofrecieron pecados
de leche de almendras.

Me acusó de traición, mientras su holgura textil
y su rostro de cera,
que no derramaba ni una gota,
parecían la danza de un ángel del exterminio.


El veneno, adormeció medio latido 
con los hombros que arqueaban
el hilo de la vida
que se descosía en los músculos.

¿Quién no probaría manjar de entre sus dedos?
¿Qué ciega no osaría arrastrarse a los abismos de su brazo?

Homicidio involuntario
el neón de cada poema leído en prospecto.

Moribunda, no quería dormir 
antes de olvidar 
sus ojos en mis ojos.





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