sábado, 6 de agosto de 2016

Yo no vivo a 500 kilómetros.

Amor mío, no puedo descifrar los códigos del silencio
ellos no parlotean de la nada
y en esta medida de meses
he ido en aprendizaje sosteniendo la pértiga
en el filo de los edificios.

Sé que la soledad le puede
y que mi presencia altera todos los matices pasteles
convirtiendo en rojos y violetas
las flores que crecen en su pecho.

Qué la cólera ley acelera  los vientos que mueven las cortinas
y que en la leña mojada las pasiones no son honestas
pero, le prometo que la fidelidad
está escrita en todas mis enmiendas.

Que asesiné a todos mis amantes
y que de sus cadáveres quedaron sólo poemas de barbecho,
que han calcinado las caricias
y el olor de otras manos.

Amor mío, Dragón Rojo, del ser bendito
que lleva hacia el infierno, con la vista cegada
por los unicornios, no temo ninguna de las heridas
que supone abrazar al hombre cactus
pues, con mi lengua diestra curaré las infecciones
de los aviones siniestrados En Kentucky.

El aprendizaje de leer novelas, a moderar las migas que desprendo en su cama,
del mezclar la mantequilla con la confitura
y el húsar la mano en vez de la servilleta.

A reír bruta y martillo.
Al querer isleño de mis ancas.

Amor mío, no sé da cuenta
que he lanzado por el abismo
todo mi armamento de cortaplumas,
y que he bebido de mi propio veneno
en sierpes azules.

Que no vivo a mil millas de su casa.
Que moro cerca alambre. 
Que noto hasta el aliento y la forma de su almohada en mis legañas. 
Que yo no soy el paralelo de ninguna otra.
Que vivo como la lluvia.
No me compare. Soy única en mi especie porque el animal en celo.
Y aunque tiemble de hipocampos y selenes a punto de estallar contra un meteorito,
no olvide, que yo, no soy, del terremoto la réplica. 

Soy Lluïsa sin chaleco antibalas.



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