sábado, 6 de agosto de 2016

Cala Mar.

I

Nosotros que éramos como una novedad editorial
hemos sabido en esta distancia 
acortar los rencores.

II

En días de plumas y avellanas
habité la inconcebible obsesión
de alguien que me tenía atada a su cadena de Pàvlov,
y que me hizo creer en sus noches de cuchillas.

Yo le amparaba en el desvelo,
quería amarrar su enorme cuerpo
con el pago a tanto sacrificio
de morir asfixiada
bajo el peso de sus colmillos en mi cuello, 
que sangraba y manchaba de tinta toda la estancia
de morada decrepitud.

Pensé que era un niño.

Con los ojos estrábicos
y las uñas mordidas,
en tardes donde su cuerpo era arrastrado
por la faz de los adultos de común genética.

Le creí, y noté todos sus golpes
en mi estómago, le quería sanar, exorcizar, 
salvar de los hombres sin cabeza,
de los muertos que nos persiguen,
de la duda y la baja autoestima poética.

Aún sabiendo que para ello, yo moría.

Y era el escarnio popular.
Y una mofeta disecada en su salón.

Porque para amar a ese hombre
es necesario morir, y yo a trinchas iba haciendo
que cada miembro se amputara de camino a su casa a la mía.

Hasta que apareció el Dragón Rojo,
y me atrapó en su fuego,
y me sacó de la imposible misión
de reparar a un Titánico de carnes.

Ahora que pasa la vida poema a poema.

Ya no aguardo nada sentada
en este café.

Espero dentro de mi fétido dinamismo
de optimista que algún día
perdones a ese niño
que no quiere crecer.

Y que fue cruel déspota
con la única persona que sorbió
la tiranía y vio la negrura de las raquíticas hazañas
contra una marioneta sin hilos, pegajosa de saliva,
trozo de nada, mísero grano de arroz.

El perdón empieza por uno mismo.

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