sábado, 30 de julio de 2016

Malestar.

Puede el corazón amar al mar y la montaña.

Yo poca mesura tengo de las pasiones
fui criada con los silencios salvajes.
Con la hebilla marcada en la columna
haciendo nudos
aprendí a sonreír
con el pómulo del color del tintero.

Pisados cristales y después del maremoto
el tórax que seduce
como una planta venenosa.

Aprendí a llorar muda sin sollozo.
Y a no ocultar las marcas de las desavenencias
de la esquizofrenia.

Las secuelas que aparecen en las lunas de los aeropuertos,
y siento que la mecha va a ser corta,
porque una infancia de película de terror
parece un cuento con la guerra del exiliado,
tal vez aún duelen los golpes,
la mesita de noche que chocó
contra el cráneo,
las tiritonas
en un suelo como si fuese el despojo
de una carnicería de cascos
sin protección alguna
y mucha suerte, sobre todo eso,

mucha suerte,
por haber burlado a la funeraria
en un par de bares de alterne.

Cuello metido en horno con el gas haciendo burbujas,
y el miedo, este puto cerdo,
que no se va nunca al matadero.

Soy de las que sonríen a la porquería porque así pude salir del infierno.

Bailando con las hojas.
Escribiendo poemas mártires
que exaltan la caída
de todos aquellos que vieron el negro
como una bonita salida de emergencia
y las muñecas abiertas
en carcajada moribunda.



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