miércoles, 20 de julio de 2016

La daga.

I

La existencia de mar en corazón macro de embalse
aguardando el cadáver de ese viejo romance
que como el tren se marcha por las entrañas
y que en descomposición
va pudriendo las paredes del órgano impreciso.

Amor mío, dónde mora su palabra
en este vaho de silencios
naciendo por las rendijas  de baños sin ventanas.

Amor mío, la última conversación de teléfono
se repite en la mente como una lluvia de 
danza fuego de la falsa afirmación
de que nos alegrábamos de la fisura de nuestras.

Me visto con traje de amianto.
Me maquillo con sombra de trapecio
y a veces paso por su morada
con el alero de mi vista mirando al frente
y sabed... que me saludan las prendas que colgadas son banderas de firmeza
en la vida que sigue su curso río,
destripada en onda, calamidad alienigena de la esperanza,
camino, y su temblor me habla
y me dice adiós entre costuras de moribunda, amor mío.

II

La gula de tu cuerpo con la torpeza.
El estambre de la crucifixión.
El terremoto de cada una de las vivencias.
Tu ojo mirando, tu boca negando
acequias de muros
en esporas de muerte
que sangra cada letra
en un basurero nuclear
de arterias.

Recoge mi cuerpo cuando no respire
y recita los poemas que nunca vieron mis ojos
ni oyeron los estorninos que revoloteaban
en el cementerio de este poema de añorada.


Edvard Munch (1863-1944): "El día después"; óleo sobre lienzo, 1894-95.
Nasjonalgalleriet, Oslo.

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