viernes, 22 de julio de 2016

Ducados negros para el Duque Blanco.

XXIV
Yo, que pierdo la vida cada noche
Y el horror de ser yo me decapita
Quiero aprender de lo que resucita
De este sagrado y mágico derroche
Salvar mi sangre de la sed del lobo
De uña y de colmillo ensangrentado
Por este mundo cansado y  malvado
Donde florece como una luna el diente

LEOPOLDO MARIA PANERO.


Entrar en el supermercado
con el intento de colmar con un paquete de gomilonas
esos arrecifes coralinos
que forman islas en mi pecho.

Hace frío, es el aliento de la cámaras frigoríficas
que se adhieren como una piel
dentro del hueso, alelada doy vueltas
al universo de un pasillo 
y por unos momentos Bowie musita
Space Oddity creando una alianza al hilo musical
que fomenta que los compradores de azúcar
seamos por un dedal
astronautas 
que gravitan absortos entre los jardines de las conservas,
las flores de galleta y el chocolate terráqueo, 
de la inexperiencia de rotar hasta caer 
con el juego de siempre,
ilusiones prefabricadas que nos dicen que nos aman
en el aparato digestivo, en esta glorieta
de Bon Área, David Bowie cantando hasta con la morfina
y los planetas que suceden en estaciones de servicio
en la cola para pago
que me recuerda de que todos vivimos en una caja de almendras dulces:
un poema más o menos, con gonorrea
y dientes de ajo como un sistema lunar que vive dentro de nosotros.

Hasta el cierre.

La soledad 
nunca fue una buena adquisición
nunca termina 
de tener hambre.

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