sábado, 4 de junio de 2016

Las muñecas de papel.

Aquí
en la camilla  vestida con bata 
he padecido la irrigación contra el cáncer;
apendiendo que el valor es de uno mismo
con el articular de las  muñecas de cartón dentro de las enciclopedias 
que ilusas nadaban en agua,
que incautas pretendían menguar la hoguera.

Las muñecas de papel.

Aquí y ahora
en la comedida escenografía de las almas
me siento libre, con la suficiente fuerza de
Tramuntana y mis antepasados celtas que me protegen
a la infamia constante de que mis bragas no tenían elástico
si usted me enseñó a amar entre las rocas
y comprobó la injuria.

En esa provocación
de que era una enfermedad lo de mi enamoramiento
y que usted no daba leña
a una pobre madura que en su flacidez
vomitaba versos y representaba
la lástima, el patetismo de Tartufo.

Oh, Oh, Oh.

Quédese con el monólogo.
Y haga trapos de cocina con ellos,
que ahora veo mejor que nunca por el lente
del amor más comprometido,
el abuso y la venganza a la que fui sometida
por, por, por, porquería, porque le quería de verdad.


Alegaciones de veneno escrito sino era más que el provisto por su semen
en mi boca, en senos, en mi sexo.
Que me ponía el puñal entre las manos
señalando mi profesión de asesina
cuando en certeza usted se arrodillaba
frente a mi cuerpo desnudo
y me pedía más.

Papeles que se invirtieron con magnificiencia
y yo pudiendo acabar con su vida
preferí cortar la piel a pedazos de páginas
por usted antes que insanar la yaga.

Me arañaba toda
en delirio oculto.
Culto a un impostor
que acusa lo que uno es
y escogida represalia
descanse en paz.

Hemos muerto.





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