domingo, 19 de junio de 2016

Del árbol caído hacen leña, pero yo sólo quiero mis zapatos.

Esta carga que ladea en oscilación.

Cuando cae el árbol
el árbol cae talado
hacia el peso de las circunstancias
y las ardillas aterradas corren por el fuego
con las piñas en granadas-resinas.

Cae el árbol y asustada huyo con las ardillas.
Pasa el tren a lo lejos y los pies sangran.

"No llevo zapatos".

Los dejé cerca de tu lecho 
cuando la entrega de la esencia de verde.
La largura del tren aún se reconoce.

Allí cometida estrofa entre la nube, las alimañas
en duelo circense
cayendo el fin del mundo
sin los zapatos.

Cuando cae el árbol
y tú viajas dentro,
y rebota contra el piso de agujas
y el corazón salta
por el abordaje en esperanza.

Y las flores suicidas,
y las manos frías
y mis pies de herida 
porque cuando te entregué mi amor
te entregué donde moraba el destino,
lejos de ti, y de las hordas recónditas
que en estampida con insectos y sombra de ojos,
en botella,
en armiño forestal.

El tren no es más que un punto final.

El día que te entregué mi amor
te entregué
lo único que me honra, el mayor tesoro de un caminante,
mis zapatos

Cuando cae el árbol
y yo ya ni puedo respirar,
los nidos van en meteoros contra el pavimento
 las aves pierden sus plumas.

Aplastada bajo el abandono
un desnudo rojo con los sueños descalzos.

Y pensar que yo, que yo, ego nauseabundo,
hubiese cambiado de planes mi vida,
para ser tu raíz.

Rota madera, astilla de supuración más absoluta,
en un vagón de mercancías,
sin zapatos.
Bosque arrasado por las llamas tras un incendio forestal. | F. Prieto

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