lunes, 13 de junio de 2016

Declaración de amor a mi vicio.

I

Puede el ciprés orgulloso de la estrofa
hacia un sofá neciente
de que somos los desterrados,
los poetas del hambre muerta
con liturgias espantando demonios
delante de una copa, nuestra batalla, en cofradía
que vamos de liga en ligue.

Poeta aritmética, código de barras de discografía,
en voz alta para que oiga hasta el sordo
nuestros fracasos y revolcones 
de sábanas de Alcampo.

II

Soy poeta y no cotizo.
Soy poeta que conlleva compresa.
Soy poeta de las que lloran, gozan y mueren con poemas de otros poetas.

III


Soy poeta de escuela de muros, de letrinas en abecedario tecnológico
con los pechos en alto abrazando a las cajeras del súper,
poeta mesías que no existe, poeta muerto que vive
escuchando el último análisis del fonema
con la tripa pletórica de gas de cerveza de un tipo de interés variable.

IV

La poesía quebrada
en hilo de mota
suena dentro
pom, pom, pom pom
de cada sostén
en cada arruga de mariposa
de palma de pié, de grieta.

Plañe nuestros muertos,
y anuncia el sol en calles
demasiado calladas.

V

Poeta convertido en una propiedad inmobiliaria.

Cipreses, cipreses y muchos cipreses.

Con vistas a mar y aparcamiento gratuito.

Poeta el último.

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