jueves, 16 de junio de 2016

Berline Mauer

Viví el tiempo suficiente en áreas grises de cemento por casa
con la gran muralla ladina
que separaba la ciudad del embocadero
para morar en el caos circulatorio.

Luego vinieron las excavadoras
y desde la preposición observé el enderrocamiento.

Las personas eran felices compatriotas
que abrazaban a los primos lejanos
con las moscas que nunca
percibieron que el corazón y la cabeza
incomunicados estaban.

Era Berlín, una fiesta, digna de novela y polvorín 
del hermanamiento de provincias 
que reivindicaban calles
de país de piernas corriendo a través del puente.

1989, se abrió paso a lo que se edifica,
con mujeres en cinta de una autovía 
de siete carriles y un perro.

Entonces descubrí el amarillo,
el mazo contra la vergüenza
y pude expoliar lo que siempre se me había prohibido, 
con la caída del muro alemán
pudo el amor besarme en la boca;
mientras desnudos los órganos bailaban la victoria
de la inutilidad del hombre
con cerveza, y unas ostras sin perla.

Ya nada iba a ser igual.

Porque las personas vivimos 
con separaciones que una vez 
rotas, generan nuevas esperanzas.

Y los cigarros de contrabando saben mejor.

http://neetescuela.com/la-caida-del-muro-de-berlin/

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