domingo, 29 de mayo de 2016

Ya no hay rastro.

Cómo no ser cauce de otro río si sus ramas eras puñales
a destiempo en la reyerta del Báltico en su esencia.
Porque quizás no se imploraba en demasía
la locuaz amigabilidad hecha con el collage de las mentiras.

No es amor la sencillez demacrada de la gota sobre el poro,
de las aves disecadas mirando su pupila al cielo,
si el amor no traducido en compromiso no es más que nube,
nube de mayo en un año que caerá roído
con las hojas de los fauces. Le he amado hasta topar
mil veces contra un muro, un amor incondicional del hermano
de alumna desprovista negada a la inmensidad de la calle, de las esquinas meadas,
de la gente que no importa lo que cavile, pero, usted se avergonzaba en exceso,
exceso de males de baño, de pellejos en el contorno de nuestras uñas,
como padrastros de lo que fuimos.

A veces le amo, cuando acaricio la encimera con el tacto de bayeta.
A veces le odio por la presión asmática
que rueda y aprisiona la conversación que nunca tuvimos a la cara me lo va de mayor desprecio.
De qué sirve la palabra si no es escrita.
De su juego que hastió en nombre de la amistad, llamado barco
hacia las escolleras.

Ahora, cómo no reverdecer ante la magnitud de un hombre de tesitura
que no es fieltro, ni fábula
 ni de encantamientos hacer el ritual que a todas emite, 
como el canto vencejo de su estirpe, muy a pesar adentro en suspiro holograma.

Empiezo a descubrir el significado de lo que hablaban los poetas, los místicos, la naturaleza;
metida en una bandeja de microondas con la templanza
de dar giros y el despertar de un ring.

Me llena, sí, me llena de ajedrea,
del vigor de la cola de caballo, de la inhiesta,
con los helechos montañosos,
me llena de amor,
de vida,
y usted ya no es más que una fotografía en un cajón de mudanza
maestro de lo que no se debe permitir jamás.


Molinos de Mallorca.

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