martes, 3 de mayo de 2016

Bebiendo, vi viendo con Oliverio.



Esta noche donde leer a Girondo
frente a un vaso de ginebra
apaciguan el alma,
en un suburbio dentro del paraíso
del café que jamás osaste a entrar
porque en el portal el matarratas
decoraba el descansillo.

Un camarero mirando el reloj
y las nubes  que en el espejo retratan
la caja registradora  que no oculta 
los excrementos de larvas, encarecidas conversaciones de seres que apoyando sus codos
van calibrando el trago
con un buen poema entre sus pupilas.

La luz, tal vez, no sea la adecuada.
Una bombilla roja rebelde
que parpadea y un aseo tan estrecho que los borrachos
debemos vomitar de pié
con la humillación 
a mirarse en el lavabo
en señal de duelo.

La ginebra con el hielo que pierde los papeles,
entre unas flotantes gomilonas
que disfrazan el alcohol;
y los antros como el de este bar de callejón,
en creadores del infierno de Dante
con el quinto cubata y una radio de empleado
que retransmite
la caída de una diosa
que no llega de puntillas desde el taburete
a la salida de emergencia.

¿Una mujer cómo usted, con un libro en sus manos, no preferiría un buen hombre
que planche las colchas?








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