jueves, 21 de abril de 2016

Pan pen pin pon pun.

Es inútil enhebrar esta aguja,
símil del ajo pocho
que repite y pica
fácilmente.

Venir muy cansada,
con los ojos que apenas deslumbran al sol,
con un amanecer de apenas concilio del sueño.

Y morar, en esta torre
de ilustración carnera
en que la nuca
se empotra en la mesa del agotamiento.

Quería escribir un poema sobre el pan,
enharinar mis manos
que buscan la paz dentro de este dolor de vena
y con agua de grifo,
y con una gota de aceite
y con la sal del lavavajillas
desvalijar a la palabra
de su adjetivo.

No quiero más galaxias
en venta, ni que se cierre
la puerta giratoria
en la masa correcta
de ir moldeando frases esponjosas
con la medida de la levadura
de menos posesivos y más honradez.

Con el rodillo,
un mandil verde 
armadura a tanta incomprensión colesterol
por tu parte,
por los ríos llenos de peces muertos,
por los vertederos roídos por manos niñas,
por la capa de ozono
en comedor de saldos.

Y en el obrador verbal
panadera
fatiga
sin techo 
de una amistad que no merece
el órgano reconstructivo de mi poema.




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