jueves, 28 de abril de 2016

Espiga de poema. O cómo olvidar en cien días.

Existe una esperanza percha en la garganta
y motes en cada batir de peatones anómalos
buscando un taxi,
la ruta de cada entresijo de plumas  al despliegue de sus varillas
dentro de la cavidad del algo
que pintan de rojo los daltónicos.

Acontece que perfora y de su raja emana el reverso,
a pesar del quitaesmalte desbordando el punto de cruz
en fumaderos de odio-soga
en lúpulos floreciendo en cada grieta de su molécula,
porque qué más da si las manos
ya no se tricotan.
Qué más da si muero antes de volver a la orilla si la vida es un payaso,
pez de nariz viento
y una en cada carpa guarda el río sin nombre.

Si morar
es pintar de lila el alma.

II
Dar lavanda a la fachada
de un armario con piernas
que guarda celoso
las veces que fueron saqueadas
por sus pulgares con identidad propia,
los cuales se reconocen

en las teclas del sonido estéreo
de un tocadiscos de Nietzsche,
si hay una luz
si hay
si quiere que el incienso huela a primavera
no invente más inviernos.

III

Poema a poema,
bala a bala,
en tiroteo continuo
contra el muro la indiferencia
rima  hacia delante con tres
y todo un mar para el reposo.

Bala a bala, ola a ola 
si hay una luz...
dentro del refrigerador de esta morgue.

No, no la apague, minúscula alcayata
que sostiene la percha atreve besada.
 (Grabado de Durero)


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