domingo, 6 de marzo de 2016

Susana, he estado a punto de llamarte.

Han sido las tres semanas peores de mi vida,
estrangulando todos los roedores a mi paso,
como hacen los yunques emocionales
pisando las flores y con la hiperactividad
llenando de tiza las paredes
en un intento de llamar la atención
y administrarse un comprimido.

En la cima de una montaña´
reencontré el monstruo de mora en mi estructura
de arbusto, y e hice mi mejor papel
de loba, como decía mi suegra, a la que aún nombro

y estimo, Luisa me recuerda a Davis Bette.

Ha habido ocasiones en que el abismo
me aguardaba como un amante lustroso
en aceite de mercurio.

No quiero una relación de pareja,
ni siquiera aunque nadie se lo crea
tuve relaciones sexuales con mi última víctima;
(que narraba como ahorcaban a los caracoles
y yo vomitaba por dentro, qué horror)
tengo estructuras demasiado dañadas
y eso es lo más habitual
después de conmociones y traumas,
con la sintomatología física
de un torniquete en mi cuello.
Eso sí, no he pensado ni un soneto
en que la vida no fuese lo suficiente hermosa
y no he regresado al infierno etílico. Y ha sido muy bueno no hallar ese camino en la desesperación.

Ahora preparo mi nuevo viaje, y aguardo con  
ansia mi visita con la terapeuta,
a la cual, más de una vez he estado 
apunto de llamar ante el desmedido dolor
que recorría mi pecho
y que asfixié con una almohada delante de las gradas.

Quiero irme de este país.


Aquí pocas semillas guarecen.

Porque él nunca me quiso
y testaruda lo aprisionaba contra el calambre,
y he de reconocer que soy especialista
en terremotos y catástrofes urbanas.

Ahora, hoy, desde ayer me he levantado con paz.
Ahora que he tomado una decisión.
Y fui sincera con mi mentira
y decidí que el estudio será mi refugio,
a un buen hombre que no veía que yo no era más que un fantasma.

Me siento con mucha calma,
soy feliz con lo que tengo y eso es suficiente.

Con mi gatos milagrosos.
La voz de mi madre a través del teléfono.
Las risas y los besos de mis hijos.
Mis fétidos poemas y dibujos mal encarados.

Veo el cielo azul.
Y más vale sola que acompañada por imperativo social y sin amor.




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