sábado, 5 de marzo de 2016

Clemencia.

En mis manos llevo manchas de tinta china
al compás de un viento
que a ráfagas me despierta
del trance.

He meditado y sin perdón
no hay camino,
y valerosa hasta la puerta de tu agujero
he maullado.

Mis ojos no vieron más atributo,
que un globo terráqueo
con dos hemisferios
definidos fuera de Wikipedia.

Tu cerebro.

No quise, a pesar de mi condición pirata
asaltar el galeón de tu tórax sin costilla,
ni tampoco robar lo que el cartílago en su
revestimiento al hueso. Mis desaires forman parte de un impulsivo,
padrino del autista
que a veces, en alma gatuna, matan más
que auxilian.

Cuando amo lo hago al momento.
No soy impostora
en esa caricia edulcorada
pero es verídico el transhumanismo
de que soy así desde Venus.

Sin tu perdón, no duermo,
no respiro,
no hay modo humano
de erradicar este plomo
que envenena.

Supongo que
al eclosionar las garzas
esta brecha se habrá
cerrado con un hueso de durazno.

La amistad
después de la quimioterapia
del ir
para hablar como civilizados animales.

A no ser que a ti
te dé igual todo,
tú que eres poseedor
de las llaves de mi benevolencia
más germinada.

Una señal antes de la facturación.




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