sábado, 13 de febrero de 2016

Se aleja el barco con los corazones separados.

Todo nuestro mundo se ha anegado,
con una coraza de barco que ya no es de guerra,
dejemos flotar el cabello de hilo rojo, de hilo amarillo, de hilo modulado negro
dentro de esta cabina igual que anémonas
que forman parte de su fetichismo.
Bellos hipocampos de historias entrelazadas
por un mismo cuerpo masculino.

Creo, Sr. Churchill,  que lo que aguanté, pocas en un estado de raciocinio.
Aunque podrá haber imitaciones fabricadas en China,
o los cisnes aprender a volar,
en ese espectáculo suyo
de la risa prostituta del drama.

Ahora, cuando regrese, ya no seré suya,
la mesa, el edredón, las tazas, la toalla colocada,
siempre, húmeda, como los frascos de aseo
alejados de los dedos menudos
como el que hubiese protegido el corazón dentro de ellos.

Nada, muy a mi pesar, estará colocado con parsimonia
porque los ojos ya no serán los mismos.

Ni se imagina cuánto amé.
Las veces 
que admití mi condena por la opresión
de los muertos que nos consumen.
Con sus rituales, con sus juegos metidos en pantallas
y las pupilas verdes
del chat en cofradía abecedario.

Le amaba tanto que  hubiese entregado mi mano
para él escribir el poema.

Pero la flor, si no recibe tierra se pudre,
de qué sirve, allí en un rincón
en servidumbre con un cráneo.

Perdone mi traición, debo haber muerto
y no me he percatado del réquiem.

Juré amor eterno, Y ahora
mi corazón po-po-po-co-co-co no siente
más que hipotermia.

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