lunes, 1 de febrero de 2016

María Marí Juan y Antonio Lladó Morey, abuelos queridos.

Esta noche tuve un sueño muy hermoso, ya sé, que puede
parecer una frase prefabricada,
igual que esos vestidos que cuelgan en góndolas
y hay cien hechos

Mis abuelos habían regresado de un viaje largo,
eran joviales con la energía suficiente
del témpano crisálida de cueva,
para decirme que estaban de visita.

Cuando ellos murieron, no pude despedirme.

La ambulancia de la voz aguda.
Y verla postrada en su lecho
con una lágrima de trementina
que iba arañando su rostro dormido,
presintiendo la sombra infantil.

Había normas, no pude besarla
ni abrazar su cuerpo de huesos perforados por la morfina.

Con mi abuelo, las cosas no mejoraron,
cruzó un semáforo
y la ambulancia de
coche féretro se lo llevó al río de las almas del desguace.

Los he visto, y eran cuerpos tangibles,
no habían fallecido y sin embargo yo ya era vieja,
me decían "no hemos muertos, sólo estábamos de viaje"
arropándome la sonrisa en una luna
que afilada atravesaba mi incredulidad.

No hemos muerto, me decían,
sólo estábamos de viaje.

Sin temor, sentí alivio, poder conversar con ellos.

A la mañana, al abrir la conciencia sus ojos
el billete de ida
volvía a colgar de la nada.

Y una ambulancia,
en un sótano relamida.

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