martes, 26 de enero de 2016

Pan rallado

Tal vez una mendrugo
para el gorrión
sea un banquete
y un montículo de masa
el desierto para el ojo.

No puede haber más pérdida
que sentir la inmensidad,
lo inabarcable en ese pícaro de alas anexas.

En este amor de pulga,
de pulgada, viaje más o menosprecio,
que un segundo es siglo
y  más auténtico que las bodas leucémicas.

Yo me consumo ante su vaho,
me reviento en trazos
y abdico incomesurable
en espinas trenzadas a mi vera.

Pero él tiene todos los jueves
del calendario, y en ofrenda
acudo al sacrificio del tiempo.

Un amor a la medida de una nevera
con caricias fresas y flanes de mosca.

Una pájara de puerto, saciada uva
con la letanía de su grotesca.

Le amo, sí, qué se enteren hasta
en los baños sucios
de las discotecas de Figueras.

Una miga de él
vale por un continente.
Y absurda vivo
a la espera de mi turno
de plantilla, en una corro sectario
de plumas de avestruz
cortadas por la tijera
de su antropología.

Divina o demoníaca?

Mientras hago bola
dentro del pico
de pan.

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