viernes, 30 de diciembre de 2016

El deshielo del sentido común.

Y resulta que existen jornadas laborales de conversaciones pendientes.

Te da por hablar con los que se fueron,
con los que se apearon sin notificación asintiendo el rasguño
de la balanza, de aquella amistad que vestía de azul los momentos,
siempre, con la palabra adecuada, con el ritmo de la justa vehemencia que no se puede descarrilar,
el hierro que sabe a miga,
el limo de todo trance con el papel de la mediadora
de la brújula de los idos, en estas conversaciones de mutilada
entre un cerebro de cata de vinos,
para los que se fueron.

Con el año, con el copo,
con el agua vertida de los cubiletes.

Y te da la espina
por no dar la rosa que duele,
la ausencia de los batalladores de los hilos hechos embuste,
de la paz en tertulia,
la malabarista de la experiencia,
hablar por hablar,
justo en el diapasón que emite la ola acústica
de los que se fueron y aún están sentados cerca
mirando como se desintegra la primavera de los poetas sin lecho.

Sin título.

Las misivas son claras
y su tristeza asumo
de notar arrancado el plumaje
de las alas del ángel
tal vez la hora pasó de largo en el tren
y los momentos que ambos residimos
se alquilaron por fotos a la expectación
de un juego que mermó los alientos
de los que nadan sin isla
con los miembros mortecinos
y que ahogan el agua de la sal
hacia la orilla
de oler su soledad prolija
y no poder evitar las lágrimas al leer sus poemas
del balido trabuco a la herida
de la hoz que pule mi garganta
con el veneno soporífero
de las preguntas de si alguna vez amó
más que a su futuro de burgués
y si valió la pena apresurarse en el último momento
a esta vida de calcio
de fugitiva que se cansó de esperarle
detrás del adjetivo.

No puedo evitar llorar cuando leo su poesía.

Ll.Ll.

La imperiosa necesidad de escribir,

Ha de entender que la poesía habita 

en los malditos puentes 
de la hermandad que vive chocando sus coronillas 
contra el sistema de las rancias auroras,
púgiles intentando taladrar a las palabras.

La escritura se desliza igual que un ciempiés
por la médula, vértebra a vértebra,
te clama en el hígado
supurando en sobredosis
hasta la extenuación
la sangre negra.

En bandada de proyectiles el alma entre los versos
un  gallo de pelea que lanza los ladridos a los soles,
contra el pan duro, las manos del plástico,
las flores huecas,
la inmundicia del ser gusano.

Filantropía homicida
que necesita cacarear.

Aunque sea debajo 
de las aguas de los barcos 

para morir escribiendo
después de la lluvia.

Lila casi rojo del mar que fluye.

He tenido una revelación
con el firmamento de piedra cobijando a las aberturas.

De las manos que danzaban sobre la carne,
en la pereza del poro en el estómago
por no haber luchado lo suficiente y el abismo, 
que se han cernido sobre él,
como el agujero de los ojos de una máscara.

Creí lampara, tostadora, borracho tocadiscos,
que las manos eran tus primaveras,
y el aroma a azahar invitaba a beberse,
a estrangular el aire que cuidadoso
nace de entre las plantas.

Corriendo entre los naranjos, con los pies del verde,
aniquilando los pasos necesarios para subir a la luna,
con el pensamiento en el defecto de las máquinas,
en las chapas alicaídas de las botellas hambrunas,
de los sexos complacientes en los palmerales,
de canes con costillas, de aparatos sin radio,
corriendo ecos entre los naranjos
hacia la boca del ahorcado.

He tenido la revelación
del poema que muere
cuando está escrito.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Ánade

Qué pequeño el corazón
bajo los radios
del recorrido divergente.

Córdoba con su perfil de fruto
abre de río en rama
lo que de germen hoja renace
de este hombre del cual
enamorarse de su respuesta
conducta inevitable es.

Cómo no amar al remo.
Cómo no venerar la raíz que lo sostiene.
De conjuro de mudo.
De nuez a su garganta.

Del que repara y no agreste,
pues,  nadie del cuidado
sale indemne,  y por fin el amor
se ha engalanado de rojo beso
y las ciruelas
que sanan
del escorbuto a la soledad

con sus esbirros.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Aguardó la palabra, pero,
voló entre las gaviotas
con el testimonio de la piedra
que diseccionada no otorga
a la chispa la oportunidad
del incendio.
Ha calmado el ojo
que sostenía al zapato
para no acudir a su portal
y golpear su nombre hasta
la extenuación  de los renos.

Y miró la decimonovena
mordiendo su mutismo
de lengua que se hizo granate.

Le esperó con el frío de los pájaros.

Y tomó el billete
de la prudencia del que abandona
por profesión.

La última palabra
de entre las aves
camino del vertedero
de los magos y de los cobardes.
Para dar las gracias
a los que ganando pierden
y usan prótesis
para el miedo.

Porque yo hubiese viajado  con  vos.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Hermes.

Y me hizo volar
donde las aves no existen
y el cielo cierra en viernes.
Cuando los paracaídas
dormían en el terraplén
y una caricia podía salvar la vida.
Volar, o caer
con las alas de los que
nacieron malditos.
Caer y pensar
que flotando
no duele la precipitación.
Amortiguar el desastre
con los apósitos
de nadar entre las nubes.
Sobrevivir
y ver desde la cúspide
la verdad, la pose
de lo que era más que un hoyo.
Escribir aterrizaje para salir
con la escalera
de las palabras.
Para retomar el vuelo.

Ll.Ll.
                                                    Ilustración de Erika Kuhn

domingo, 18 de diciembre de 2016

Las tortugas del país sin concha.

He hablado con vos,
la tregua mediodía,
la voz cantante.

Me habla usted Madre,
que la felicidad ha varado en el puerto,
que los lirios florecen
y los escualos se desecan en la playa.

Ante todo Madre,
decirla que la amo,
en un mal poema reiterativo
de amar a lo que nos ha dado la vida
y que por ese designio la puede usurpar.

Feliz no, Madre,
no soy feliz.

¿Cómo puedo ser feliz?
Nunca conoceré la felicidad de las iguanas,
los fantasmas jamás abandonarán la línea del combate.

¿Feliz, cómo se siente un árbol?

Los árboles lanzan sus frutos a la tierra,
con el tiempo en comisión oportuna,
sus frutos se caen, hasta pueden ser por infortunios del proceso
o para el alimento de los pájaros.

Cómo ser feliz.

Si al árbol le han arrancado sus frutos,
ha sentido el tallo verde,
el crujido de la rama,
la rotura de los ligamentos de sus semillas.

Feliz, no Madre.

Cómo puede ser feliz, un árbol que fue expoliado
de sus frutos, antes de hora.
Arrancados como ojos humanos de la cara.
Sin esperar a la primavera ni las cosechas del almanaque.

Feliz, feliz después de la muerte.

Al menos ya sé que os amo.
Y eso ya es mucho.






La simultaneidad de los heridos.

Podría conversar de las sequedad de mis manos,
del ligero temblor de la cortina
en las ráfagas de la medianoche,
de la riqueza del pensamiento,
de las enaguas en almidón
que mueren ahogadas
en detergente.

Podría..., contra la araña
que soledad cuelga del techo, y los ojos de la impaciencia
para beber la imagen de las cremalleras, del pan molido
y las fresas que nacen bajo los escombros.

De la pena rebozada, del sentir que lía
y se fuma solo su desdicha,
cruzar las piernas, observar los miembros,
retener cada bocado
y pensar que esta noche de sartenes
pululando aceites refritos,
no existiría mayor colmena
que apoyar mi rostro y escuchar el latido,
dormir sobre las ramas de la canoa
dirección desconocida.

Y despertar con las anacondas.

Amar en estéreo

basta con calibrar los tiempos

del revólver.


jueves, 15 de diciembre de 2016

Signo de aire con tendencia al caos.

En algún que otro jueves
me da por escribir el idioma de los besos,
con la nuca dolorida, de dormir delante de la computadora
como una flor sin agua.

Las mañanas angostas, con  apenas el sol en la rendija.
La acera en un papel calibrado con la velocidad de la luz
en olimpiada de caminos,
con la fatiga de abandonarse en un escalón
de la vía, y llorar pergaminos rojos
de las heridas que llagadas
no dejan de fornicar.

Sembrar en un eco las cosas que no podemos decir,
lo prohibido a los ojos ajenos,
a la mediocridad de las orugas
que mueren en los radiadores de los coches
creyendo que fueron mariposas.

La letanía diaria, como en un suplemento 
de solares en consternación
arrebatando las historias
de aquellos que visten trajes azules,
y que con un vaso de agua
se embarcan a la aventura.

Miro la maleta.
Miro la ciudad que despierta en negrura.
Y entiendo dentro de la histeria
la fortuna de tener nombre, zapatos y cama
con los parachoques
pujando al olvido.

Morir con secretos, tampoco será tan nefasto.
Morir combatiendo
como las orugas antes de romper.
                                                       Ilustración de Salomé de la obra de Oscar Wilde por Beardsley.

Granadas y moscatel.

Enamorada malandrina
con corriente de agua hacia las ciénagas
colmo de ti
remolino del tallo
que guinda escoge
tu mano en mi cintura.

Y las bocas
broches de ligereza en regreso
sentido intacto
de tus ojos que de la oscuridad
ilumina las candelas.

Miente esta noche en el paraíso de la compuerta
de los veleros en el tímpano
que sufragan esta brisa de labio 
con labio de espira que difumina a las luciérnagas.

Di que en esta tuerca de destino,
tu y yo, en ejes maniobrados
viramos anclas hacia la locura
de apurar los cuerpos
como prenden las amapolas 
en el infierno.



[Aubrey Beardsley (British, 1872–1898), Isolde, n.d. Line etching
and printed color. Courtesy of Landau Traveling Exhibitions.]

martes, 13 de diciembre de 2016

La odisea del traspapelar: Trainsportting

Las cartas que colocadas
demoran bajo los portales y esos anuncios televisivos
que siempre refriegan a Diciembre
como el peor mes de los dioses,
lo comestible se triplica
y en la avenida, esta mañana,
la gente viajaba en micro-obuses
con caretas de amianto.

En carteras en marroquinería
y niños
que flautistas alegraban los recovecos
habitados por ratas la noche del minuto once
en que justo pasando el camión de la basura
una botella se descorcha en un Concorde
que cruza el cielo sin faros antiniebla (maldita economía sostenible).

Podría desfallecer, y ser la papelina
que intenta usurpar la puerta,
y me quedo catatónica,
parada, en caricatura felina
esperando el imperativo desigual.

Decir, ven.

El cigarro que se consume.



El malabarista que arrojó al suelo sus bártulos.

No ha sentido alguna vez
la flexibilidad de los momentos de los tubos naranjas 
que oxigenan al butano,
o la rigidez, de los milímetros en las reglas
para medir el corazón de las personas.

Ese abatimiento del ala metida en piedra,
como una luz cegadora
que impide leer la quiromancia del vino,
del desbordamiento del embalse
que en ola avanza
hacia citas que nunca mojan la interior.

Y ha desprovisto los anteojos al miedo
y ciego ha avanzado hacia el hilo de una navaja
que abre la piel madura en cronología
para recoger los cristales
de los amores que a quemarropa
descosieron las etiquetas.

De los que no aprecian
la maleabilidad de las palabras.




Esponja Marina



Me he quedado con toda tu tristeza

envuelta en una bata polar
después del café de los tiempos pisados.

Soy una osa que ha perdido sus cachorros,
que bebe Coca Cola
para arrimar el frío con ginebra,
y se apodera de toda tu pena
para liberarte.
Es el problema de la empatía,
de los años que te amé en desuso.
Hablas aún de tu padre en presente,
no eres real de todo lo transcurrido.
Yo ya no te amo,
se me fue el amor
por el canal del parto.
Naciendo una porción
de nosotros no mismos.
Hoy te afeitaste,
no querías
que te viera gastado como un billetero
de ferrocarriles,
hemos sorbido de la taza
los momentos que ya ni siquiera sabemos
qué comentar.
Te refugias en la sección de deportes,
en buscar la lotería
y murmuras la mala racha.
Tu brazo se ha quedado
con la tensión de todos los veranos.
Y te doy instrucciones
de cómo afrontar el estado gaseoso
de la muerte.
Me he llenado de tu sufrimiento
para que aligeres
en nuestros peajes divergentes.
Tu rostro es de corteza
de hierba mexicana.
La osa terapeuta.
La osa que cuida de tu huella.
La osa que escucha lo que no te atreves a decir a la Mayor
quedando rezagada
al segundo plano de una constelación pequeña.
Tengo medicinas preparadas para el auxilio
y todas las lágrimas
en mis ojeras
que tú no sabes escribir.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Sin título.

Sí, el encuentro está próximo
porque mi corazón late como un barco
metido en una botella de vidrio.
Y mis labios se asemejan a las anémonas
en tregua marina para ser letra
de carta, de la mancha de ropa, u ojo bizco en cara oportuna.

Sabe que el peligro acecha en la cola de las urracas,
en el collar de oro que fue pago a Celestina,
en los surcos de los ojos,
en el leve temblor de manos
empuñando el arma de fuego.

Si el encuentro está próximo
que puede el rocío del nido de las plantas,
y de los dedales que cobijan a la huella
en el set de la costura.

Tiemblo de emoción,
como un ninfa
que besa en las manos
a su verdugo.

CMYK

La concha en naufragio se entierra,
aguarda la parsimonia 
de las redes haciendo prisioneros
a los delfines. La embestida
del oleaje en espirales confusas
en una marea 
que saturará a sus fosas nasales,
a los ojos del colirio, y a tanto chisme molusco.

Atrapada en el arenal
desea que la marea la engulla,
quieta con miedo,
convencida que será una 
de las muertes
más saladas.

La concha sin extremidades,
que espera que venga el mar
y la salve, de la monotonía
del que pinta con un solo color.

Los momentos revividos.



Me gustaría que fuese franco,
y si malvive la posibilidad, de guardar en botes herméticos
los besos y el sonidos de las alas
de la risa campaña a través 
de las fracciones, en el espacio
como un collar de cuentas
que nos hizo dichosos, a pesar de las cicatrices
y de los transportes que descarrilan
una vez pasado el aire
por el pulmón perforado de las ruedas. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

Los crisantemos naranjas.

1. La soledad.

Colmar de vaho los cristales 
del consumo rápido donde los grillos han muerto de silencio
y la intemperie de los andenes se abriga.

2. El enigma.

Que de mi vida, tú, eres el desorbitado,
el tumulto, el colosal enjambre
que hurga mi sexo en escuadra 
para sed y viento, pero en ganas y molino,
de desaparecer dentro tuyo
buscando el recodo inscrito de lo que uno no planea y vuela, 
vuela lejos con la salamandra.

3. La fe.

Que me has llenado el vacío.
Que en mecanografía viertes sendero.
Que tu mano mece y yo caigo a los abismos
del grito poético entre tus carnes.

4. El nido.

Anacoreta de ojos de mares de Lorca,
de pecho alféizar en la casa de tu casa,
abre las alimañas y deja que esta hiedra, que este geranio roto, que esta mujer de vendas, 
de avatares y de pasillos 
con tacto, con risa, contigo por siempre
como un tatuaje de inicio
abra las ventanas de la torre.

5. La verdad.

Para que la piel desprenda el olor de tu tierra.

Después de la lluvia de los cuerpos.



jueves, 1 de diciembre de 2016

Flor de almendro.

Amar, todas las ramas
la flor
el bulbo
el vértice.

Amar, cada uno de los esquejes
el fruto
la hoja
el pétalo
la semilla.

Amar si amas
debes.

Amar, las raíces sucias
las espinas
los nidos abandonados
la termita,
la larva de la termita,
el musgo
la corteza húmeda
los árboles retoños del árbol grande.

Si me amas debes amar
la descendencia de mi genealogía.

Triquinosis.

Maldeciré mil veces los harapos de la piel
para darla de alimento al repudio,
juraré en falso cada documento
y los murciélagos colgarán como lamparas conyugales.

En esa costilla rota, en el diente de león
que vuela alpiste con la mentira de que no amo
lo que si amo, y pretendo en ecuación intermitente
cazar las esperanzas de todos aquellos animales
que acorralados buscan la brújula en esta nueva colocación del zoo,
para desmentir la verdad y acallar la sincera por trampa.

Comer sin hambre,
tragar las luces igual que poros en la tela del circo,
cortar todos aquellos sueños
donde las palomas recitaban versos ocultos
tras las lunas.

Y sus picos se encorvaban
al ritmo del cacareo del corazón cuando late deprisa
y no debe y muere en un chasquido
en las estancias de los murciélagos colgados en el techo.

Si ya no puedo, decir,
y en ese amo de no amo,
de dueño sin hostal
y de caballero sin caballo.

Voy a morir en mi mentira,
de flamencos rosas
en lagunas metidas en la sangre
por decir que no amo, a lo que más me mata.

La liberación de Sísifa.

La profecía del hombre
que sostiene la egregia piedra, y cae, y la remonta,
y cae, y cae, y la levanta,
y de nuevo la sube sobre sus hombros.

Carga prolija, del hombre
que es una mujer,
que gesta en su columna
una roca latente.

El agotamiento que se crece río,
y el bulto entre las carnes
del amasijo de metal en un desguace preñado
que expulsas
y vuelves a recolectar.

Mujer 
que sostiene la egregia piedra, y cae, y la remonta,
y recae y la levanta.

Tú siempre en la acción
de ser tu propio peso.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Narciso y Eco.



Cuando tengas ganas de morirte 
esconde la cabeza bajo la almohada 
y cuenta cuatro mil borregos. 
Quédate dos días sin comer 
y verás que hermosa es la vida: 
carne, frijoles, pan. 
Quédate sin mujer: verás. 

Cuando tengas ganas de morirte 
no alborotes tanto: muérete 
y ya.

JAIME SABINES.

Eres especial como una ventisca de nieve en la playa,
que nunca se mide con el baremo 
de calibrar más con las manchas que con los centímetros.

El botón verde en el vestido de novia,
y las siete patas de los perros
en un planeta, peonza de la galaxia.

La luna cuadrada con lobos de lana.
Los dioses unicelulares que no existen en la aritmética del uni-lateral.verso
Mutilador de las personas que de verdad
torpedean con el  buen hacer de los amarillos trigales.

Para no entender del perdón en lengua cervantina,
frente al descaro de su selección natural.

Será cuestión de rarezas, ser genio sin lampara
y arañar puertas de ropero
en busca de resquicios de chispas y otros artefactos.


.Cómo decirle que aunque me cortaran la lengua de su agua no bebería,
que hay quien "yerra" pulpos por calamares,
y piensa que la mano samaritana,
siempre, cobija el ruiseñor de los punzones.



domingo, 27 de noviembre de 2016

Tifón de las ánimas.

De qué sirve el ruido de la guillotina
cuando otoñal cede su hoja en el cuello.

Presa del varadero que intercambia la angustia
al terremoto de las iguanas
y diluye el cianuro
como la mancha de sangre en el lavabo después del suicidio.

No, no deseo el bestiario de aquellos días arrecifes,
donde la dama caía con vestido caladero
y los vacíos paseaban con café rancio
en detrimento de la caricia.
La negación del beso que tanto traficó,
en purgas que erosionaban al mar.

En este aceitunero apoyo mi cabeza, qué importa,
si el filo agudiza y la nuca pende de la cuerda
con el corazón entre sus manos,
desguace de mujer viva con el Adviento.

En hombría de método, en brisa boca,
amor, cuenta la hebra y tuerce la puntada,
que cosida prefiero morir en tu tierra
lejos del marino león que canta a sirenas
porque en ti puedo morir y nacer, y morir y nacer.

El pasado no era más que una hamburguesa,
comida por las hormigas
en la bahía de los contenedores.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

El elemento del fuego.

La llama.

La quemadura de la vianda en la lengua paciente en el plato,
que cede a la gula por el impulso del cubierto.

El poema, a punto de saltar del trampolín de una página
hacia el éxtasis de la asfixia.

La velocidad, con las ventanillas bajadas a las nubes,
con los coches en paralelo infringiendo las normas
en el descuido de los átomos
haciendo frente al impacto
con el derrape de las ruedas en el agua.

Y subir escaleras en contra de la marabunta en la terminal
porque vas a perder el avión
para anotar en el estómago el gusano
del vértigo, del aterrizaje después de la tormenta.

La calma después de la ira.
El ansia al abrir una carta.
El beso.
La vela.
El candil. 
La llama.
El elemento del fuego.
La inteligencia.
Que enciende la oscuridad en la noche.


Cómo decir que soy una devoradora de adrenalina
que muere como un pétalo entre los libros.



domingo, 20 de noviembre de 2016

Anestesia.

Qué será de todas las muñecas de porcelana de sexo indistinto, 
blanqueamiento del derribo, rojo por la sarna.

El misil, número sin número, que cayó del cielo,
cuando en la niñez nos enseñaban que el cielo era bueno, 
que traía la lluvia, el sol que asaba a las patatas,
la luz que cobija las manos que ahora sangran en el asedio.

Estoy inmóvil. No siento las rodillas y soy un saco de cal que ya no llora.

Cebolla bajo la tierra que sin raíces escucha los latidos de los perros.

Sólo, aguanta un minuto más, juguete de juguetes que cierras los ojos.

Mi cuerpo es ahora la casa de mis padres,
y  sé que no siento las rodillas.

La boca se llena de un amasijo de lo que por tanto matan,
esta cucharada de ciudad
que respira aguda el hilo que trae la ruina que baja hacia los infiernos.

El cielo para el apátrida
es el tumulto de los abrazos 
tras los bombardeos

de la  ira

para los hijos de porcelana de sexos indistintos.

.






jueves, 17 de noviembre de 2016

Canción triste de Bird-Street.

Cuando en Chinatown derribaron los bloques
y en su lugar edificaron un aparcamiento de pisos,
de esos, que en espiral levantan el ánimo.

Creí morir de pena, la ruina fue sin previo aviso,
con una antigua arboleda en barricada
y un pequeño colmado que dispensaba galletas de la suerte
a los que aún poseíamos la fe
de que de amor se podía morir.

Fue tan inmenso el vacío que las manchas de los perros
cayeron igual que las hojas del otoño
y el grifo en su goteo cantaba clerical
al entierro de conversaciones, y aguas
que se desvanecieron en trances, productos de la demolición.

Qué duro encontrar la salida entre los escombros,
poder tramitar cada una de las circunstancias
a un destino de cuerpo encogido dentro del saco,
de preguntas sin respuesta,
de gusanos que se devoran ensimismados
la seda, al no tener sustentos ni en la lluvia del oeste,
ni en el canto de las piedras al caer con los hierros,
ni en la necrosis que supuso la cobardía
de los que se van y regresan,
como sino hubiera pasado absolutamente nada.

El dolor creció en rosas.
La incertidumbre braseaba al poema en la noche,
creando hogueras que quemaron los sueños.

Los árboles volverán después de las islas,
y el perdón lleva franjas en los parquímetros.

Todo está igual, los edificios, las calles,
las farolas, las tuberías, los cubos de basura, los tabiques.

No te lo creas, tus ojos han cambiado.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

La disparidad del mobiliario.

El sillón orejero.

De brazos desgastados.

Sostenido por cuatro patas de mariposa,
aguarda el asentamiento de la colombofilia
en busca de las migas del pan
entre sus cojines azules.

El sillón impaciente.

-No,cariño.
 Aún no ha llegado la _ora de sentarse.

martes, 15 de noviembre de 2016

Vistas periféricas de los ángeles sin ojos.

La vida, esa apócope de poemas
insertados en caras, labios,
y estrafalarias apuestas de sol y de lunas con dientes.

Como una alimaña enseña
los reversos; pero, siempre hay un número
que no cuadra con la llave de un hotel
frente a la puerta 345.

Llamar al servicio de habitaciones,
olfatear el cloro de las toallas
y buscar "rato-línea" entre los obsequios,
cortesía de aseo, de una fábrica en Beijing
que abastece con 30.000 pastillas de jabón,
15.000 peines porque existe la calvicie de las palabras.

Y una esponja de calzado tan diminuta
que no logrará acallar los pasos,
de los maleantes que hacemos de la rima una psicosis,
y que nos gusta lamer los dedos en sincronía ante el resultado
de las catástrofes escritas.

Todo cabe en un estuche, hecho para nomos,
que recicla los instantes que tú y yo resucitamos
en aquel hotel adyacente  a la antena de telefonía móvil,
rebosante de "pajarocópteros" que no piarán lo que vieron.

En la habitación 345.

Service Room , para los amigos.

Picasso (1901) La habitación azul.


domingo, 13 de noviembre de 2016

La preposión del lugar.

En los triángulos y elipses.
En las montañas y pendientes.
En el veneno que cura.
En lo que mata y debilita.
En tiempo de dormitorio.
En cambios de luna.
En exequias y transhumancia.
En querer y no querer.
En la guerrilla de la pasta dentro del agua hervida.
En quédate y nos vamos lejos,
                                              junto al infierno.
En el  credo y en el castigo.

En un chiscar.
En un portazo.
En un santiamén.
En una lupa, cerradura, embudo y latido.

En una cuestión de ambos.

Ll.Ll.

La evolución de las especias.

Las nervaduras del viento
con la tamizada luz de Noviembre,
de feriantes castañas y puestos de canela en rama
redimen al kaos de los ojos.

No se sabe muy bien la dirección del mundo
pero las leñas cuecen en la supervivencia diaria,
de palomas hechas de periódicos y embriones digitales
que nos acariciarán cuando decrépitos nos cuiden
la única matriz que alimentamos.

Las máquinas,
en constantes vitales de poema,
de bultos frente a las pantallas,
imperiosas voluntades
que nos mantienen con vida.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Sayonara Cohen.

El vacío de un sombrero, junto a una taza (que contiene el pigmento de la tierra)
sobre la mesa de mármol aguardan
al poeta que no regresará esta noche
porque los trenes chocaron contra los márgenes
y los aviones perdieron sus alas
transformando las sangrías en orugas rojas
con la pretensión de que la voz regrese
a la trama de organza que detrás del visillo
transparenta a la mujer, número 451.

El café helado, en la espera impaciente de los lentes de la lluvia, 
pétalos de microscopio,
pinceles en los lienzos de los pintores locos.

Leonard, cohe-xistes como el fantasma de la ventana opaca
que se encierra con la caja de música
que bailan los trajes olvidados en el armario,
que anhelan los versos de los trazos ácaros que no encontrarán la salida.

Este garabato que lleva la muerte sin ojos,
en la atrocidad de expoliar los siglos
de la verdad cantada para que no la lleve nadie.

Buscando en la cabeza, en la armadura de un ente
que ha caído en las zanjas del tiempo.

Una taza fría, una chaqueta mal colgada en hemiplejia
y la mirada turbia del cielo 
en los charcos del extrarradio.

Morir, cuando se mueren todos un día u otro.

A 50.000 besos de profundidad.

La mirada llena de melocotones.

Y esa donación de la que farfulla el poeta,
no concebirá el virus que atente
a la locura de saberle, en cada momento de onda,
de tener las manos plenas y sentir las dagas ocultas
tras el pecho, y notar el corazón brincando carpa
por las sábanas, solicitando a santos y a demonios
que mis tobillos no anden, que mi boca no quiera beber
del veneno que de su hombría emana.

Postrada a la merced de las sanguijuelas
en esta tísica esperanza, del fragor de los árboles
floridos de su torso, de la palabra enervada
que crece hacia el infinito, de que bajar al infierno
y cuartear con losetas mi alma
es mejor que rendir tributo a su entrega.

Y qué puedo hacer, de este seísmo,
que derrumba todos los acentos de mis poemas,
de esta ansia de consumación
para luego barrer la vileza,
al ser un peón para un coleccionista.

Debe creer que este mal
no se porta de un modo extensible.

Duele, y de qué manera.
Para comer de su cuerpo, aunque sepa que al  alba
olvidará el nombre, y moriré de inanición por las calles.


martes, 8 de noviembre de 2016

Punto y coma de volantes.


En el adoquín de la noche
con la luz encendida
abrir las ventanas, no contender el llanto literario
que como un sarpullido es la carcoma
del ecosistema del poeta en desuso.

Necesita escribir en la ciudad de los muertos
a las tres de la mañana, para el profano
que cree que dicta la voz el averno;
en el rato del hilo de que colgó
como una araña en el tejido de un traje de Zara.

Desea escribir
con todas las fuerzas
al desparpajo de la luciérnaga
iluminada por la pantalla de un móvil.

Con la comprensión de los renglones
que escalan a la locura en vuelos de avión
de países donde nunca ocurre 
gacela,
nada,
baches
y pista.

Escribir, una banalidad de tigres salvavidas.


La mostaza de Bóston.

Que rareza el sentir que formas partes,
de maderas con canciones alumbradas
y que el abrazo comprende el idioma de los silencios.

Mirar de cola de cereza y prender las cartulinas
que crean universos paralelos
a la fricción de las manos en los ríos
de lanzar barcos de papel moneda.

Este amor de gelatina que ha venido en forma de trigo,
que guía con su fuerza de pan a la aventura
de arriesgar lo que me queda del alma.

Tiempo hacía de noches sin luna,
amarrada a las cáscaras de los lobos
que hicieron la mortificación
de pájaros en el lugar
donde sólo deben crecer
lo que él ofrece
matorrales de moras y de helechos
que aprisionan a la verdad
de que de ésta, nadie, va a salir vivo.

Y mientras unos se apean a cápsulas
en esa huida perpetua de las sombras,
existen miércoles
que las hojas de mis vestidos 
caen en árboles.

Miro, al hombre,
y en él hallo,
la llave, el café, la salida, por un momento, de una mujer
con derecho amar y a ser amada.

Compartir terrores nocturnos.

Ahora que la noche no la pertenece
el pudor de que él vea los trágicos, 
ida en otra dimensión,
la convierten en un extraño pomo
en la puerta de su dormitorio.

En ese momento
mil caballos por hora
arrastran el cuerpo
bajo las constelaciones.

Los miedos que se agudizan, toman por revancha a la niña
del pijama y tirita, tirita de frío.

La desnudez de la inestabilidad mental,
cuando ni articular puede la palabra
con el trotar en el corazón 
que conduce el alarido hacia la calle,
en verbos de trementina
hasta despertar del trance
como un flecho.

Esta madrugada de propia voluntad
ella duerme sin el temor al esputo del pánico, 
permitiendo que el poema
emerja submarino de entre, el miedo, las aguas.


Y él, que duerme al otro lado,
pregunta por el color de los monstruos

que habitan 
en los sueños
de la mujer callada que mira a la pared.