sábado, 31 de octubre de 2015

Wislawa Szymborska y Lluïsa Lladó







Vísperas, lejos, durmiendo en mi corazón.
La primera vez
en décadas
que volví a pisar las oficinas
del paro, cardíaco impreso.
Previo número
sentada frente a una funcionaria,
quemada foto del sistema,
le pedí en su formulario
el recurso para solicitar
el perdón de la humanidad.
Perdón por hablar de amor
y no de pobreza.
Perdón por girar la cara.
Por temblar ante el patíbulo.
Por no salir a la calle
y rezar en pro de la gente
sin etiquetas

Lágrimas de cocodrilo.

Las manos, sogas.
Los ojos, semillas en cuello.

Si tus manos cierran las sogas
oblicuas a la esperanza,
si el ojo si-miente
atorada, en medio de la medianía
de un esófago de penuria.

Para qué hacer de la luz un dinamo,
de mi fuerza un vestido roído 
de Zara y monte.

En esta batalla que sólo tiene un recaudo,
al unir esta ceniza resultante después de la brasa,
apiñando las sobras para los perros,
y operar a corazón abierto en medio del salón
la numerología de los estómagos
de raíz, este tronco supurado
entre gasas, bisturí y obra y gracia
enfundada en guantes de látex.

Qué no me quiere,
y me lanza a la calle como una gata deseosa de selva.

Qué no me quiere.

A quién hablaba
de los dos,
a mí,
o a su engreída constancia de almendro.

Y lloré por mis muertos
mientras él pensó que lo hacía por su hueso clavícula.

Lloré un retraso de lágrimas,
los abrazos de mis hijos en vientres-almohadas.

Lloré por mi madre que desnuda su piel a la muerte.

Lloré por los niños en clínicas adoleciendo de enfermedades terminales
en sacos de coco.
Por la mujeres fumigadas y diente partido.

Lloré por Palestina.
Por la poesía prostituida y los senos capados.

La mano soga 
ensimismada,
vasos de vino esperando la transfusión correcta
con los ojos canicas abriendo hebra en el filamento de la carne
con un encefalograma plano.

Como una vieja costumbre
lloré porque me dio la gana.

Porque nos habíamos despedido muchas veces
e igual que el visionario de una película
de pupila comprimida de veneno.

De un juego sin reglas.



viernes, 30 de octubre de 2015

La belleza de la rosa Stein.

I

En el cielo existen personajes,
vestidos con los uniformes del Mercadona,
lejos de las bombas lapa, tortugas metálicas,
que viajan por el ecosistema.

Son los parapetes del aniversario,
los que mueven la economía
a base de cono, prisma, cubo
en la merienda caducada y
el plomo de la artillería
en carritos de compra
cada vez más transparentes.

Imagino sonrientes a los ángeles de la cadena
porque tienen un trabajo.

II

Los niños lloran cromos.

III
La política luce una minifalda sin bragas
porque enseña las vergüenzas al pueblo
a los viajeros que toman aviones al paraíso,
donde se oyen los aplausos más bellos, la lluvia de las ofertas
del demonio que yace en la cara de todos,
amorfos de cejas depiladas,
lápidas auscultadas
por el narcosuicidiogubernamentaltestadoderajainmundicia.

Votamos a los cuerpos
no a sus ideales.

IV

Los niños lloran cromos.

V

Los empleados luciendo alas,
y coronas de amianto,
con las trompetas de Jericó
que suenan de coro
en los concursos vocales de máxima popularidad.

VI

Los niños lloran cromos.

VII

Y ahora resulta
que entre tanta sobra y nada,
la infancia es programada para el cáncer
en otra forma de guerra química
el hijonacidodelatensiónsexualpresupuuestariadetiranoaudiencia.

Padre en el paro.
Madre en el paro.
De tienda barata por cajas,
el niño que llora cromos,
y engulle bilingüe mortadela.
(mortadelaRevoluciómortalaimpasividadsocialmanifestadacensuramortalsistema)
porque saben que
de la descendencia con tara de fábrica
nacerá la liberación.






jueves, 29 de octubre de 2015

La cuenta pendiente.

Y ASÍ, HASTA CIEN VECES.
Siempre repetía él,
que le hizo un favor
casándose con ella.

<Quién te va a querer a ti.
Si tu ojo es araña inservible,
tu boca ciénaga
de palabras "descompositivas"
con el hedor en vez de la fragancia.
Un abrupto comatoso.
Un perro abandonado
sin familia.
Me equivoqué de mercancía,
tu hermana, hubiese tenido
que ser mi esposa>
Ella se levantaba del suelo
a tumbos como las estrellas
dibujadas en los tío vivos.
Se levantaba inhiesta
e izaba la bandera roja.
Era un detritus, pero él cáncer
que decía que no era nada,
no la dejaba escapar.

lunes, 26 de octubre de 2015

El cuento de la pregunta.

Mi padre era de pocas palabras y  de más hechos.

Y a veces cuando los sapos salían de las charcas
de su traje de militar, e inocente me arrimaba a su cabeza
llena de caracoles de campo;
le preguntaba por cosas de la vida,
de lo filtrado por la rana de mis ojos:

-Papá, por qué las mujeres orinan sentadas.

Y mi padre que en ese momento era hombre 
y no juez, ni rector, me cogió de la mano
mirando a  la rana de mis ojos.

-Hija, la mujer sentada espera,
es la forma con que la naturaleza os ha otorgado
la postura donde debéis,
en vuestras batallas,
aguardar.

Y después de su discurso
poco convencida y curiosa
probé a orinar de pié
y mientras lo hacía 
en la verdad sal-pica-dura nació una poeta
con la rana de los ojos.

Alcachofa.

He de ser franca con ustedes
de él
sé el páramo de los cinco sentidos de su cuerpo.

Tal vez en un acto paternalista
hacía meses que no compartíamos los versos
de la bañera de Charles,
pero, qué importaba
llevábamos las heridas lustrosas,
la memoria del camino de la vuelta a casa
de nuestros sexos 
no necesitaba brújula.

Por ello, detrás de la opaca mampara
en mi cabeza aún tibia
construía el poema
mientras el tigre hacendoso
no chapoteaba
y en silencio aseaba su cetro.

En un momento la desnudez en el precipicio,
la lluvia por el desagüe 
y el contorno gris anómalo de un paisaje lejano 
que ya se repetía demasiadas veces.



domingo, 25 de octubre de 2015

Coleccionista de canciones.

Tú, que eres una mercenaria con hiedra entre las ropas
del malquerer de un hombre 
que no era más que un extintor colgado
en el décimo piso de un hotel de lujo.

En los tiempos de la incertidumbre, 

de tiros en la nuca y cadáveres en los maleteros,
cometas y el olor de la colonia
que usaba Nietzsche en ráfaga para salvar la vida.

De la chica del vestido azul
con el muñeco de cristal-rompa-en-caso-de-emergencia
que prefería morir asfixiado 
por la luz de los ojos.

Apoyada moribunda en esta farola
fumando el último crimen 
mientras cantan los unicornios
dibujo con mi sangre
corazones, recordando todos los que cayeron a mi paso
en la tierra de las tumbas cavadas.

Ahora que la faca vive bajó el océano
y que he sido ejecutada por encargo,
con las gaviotas bailando 
sobre la cumbre del vertedero
y soy, una vieja gloria del homicidio
que recoge la piel 
abierta en canal
del que hace justicia
a tanto crimen.

Por la hemorragia
de amar a tu propio asesino.


Salmo para dar fuerza a la guerrera.

Te veo en el ayer
con el descanso dominical
mientras los cigarros humeantes
nadan dentro del café
como ballenas dormidas.

En Edimburgo hace frío,
lo veo en el témpano
del reflejo en tus ojos, Gloria,
lágrimas de pollo
y vino dulce de naranja
en el ayer
te veo
en Sevilla bicicleta, capital de barrio.


Antitetánica.

Hay que salvar el poema
convertirlo, trasmutarlo, exorcitarlo
en un gran musical de Broadway.
Le metemos perros,
niños,
algún androide
y...

¿De qué precariedad
salimos a flote?
El poema aplaude,
pero, no puede con honra ganarse la vida
cuando todo lo rimado choca
contra la piedra de nuestros ojos.

Legañas sin salario.

Antítesis.

Apóstrofe fue la desdicha
el venerar sobre la mejorana
que nacieran de entre las ingles
anémonas
de cables mal cortados.

Cortocircuitada transparencia
ejercí de medusa entre las aguas
para bombeo continuo
del aire respirado por el fuego gel.

Ego fui, y caí de la pared,
naciendo tablas de entre las vértebras
y ardiente Ángela de bares nocturnos,
en la copiosa maría fumada
con los ojos rojos por bombillas
y la mano sosteniendo un libro de Pessoa
como la llama del Zippo, trémula gelatina,
abriendo la cremallera
de un pantalón infierno.

Y qué hace
en este buzón océano
envuelta en papeles publicitarios.

¿Qué hace?

Subir al cielo piso de nuevo.

Dehesa bahía.

Él desnuda
toda la capacidad.
Decapita la letra para que los verbos:
Ablar, acer, abilitar, ornear,
desalmados corran
como pavos sin cabeza.

Hermética del suelo
recojo las prendas,
visto con prisas
colocando la ropa interior
en el cesto de su boca
entonces, en los retablos de bueyes:
horo, hamo, habrazo, holvido...
y con la vergüenza
tapó con mis manos
la aureola, el descampado de Venus.

Pues, un amor
de hombre de pié
y mujer de rodillas
se merece todas
las haches del mundo.

Vherhdhad Ahmhohr mhího.
Como un amor sin puerta.


viernes, 23 de octubre de 2015

La palabra de dos sílabas.

Manceba la nomenclatura 
de las papeletas insulsas de cuerpo pegado con otro,
llamado también fornicar,
atesorar placer libidinoso
en el infinito tío vivo de morir, morir, rememorar
y absurda de nuevo caer al cadalso,
para comenzar el deleite yconvertir el lirio en una tuerca de taller mecánico
y en providencia atornillándolo a tus quehaceres,
se podría el hecho definir que en la fusión fortuita que un hombre
de plenas facultades letradas
y una mujer con los vacíos cóncavos
empiecen a escribir el poema
de ritmo veloz, con el traqueteo del mueble en el terremoto,
dando brío a la arcilla que se moldea en arco de pérdida
y en sinalefa fogosa apresurada presa 
como el cebo en la punta del lenguado;
medio desnudos, húmedos de calima y savia,
acaramelados como las patas de los insectos
libando el germen de la adherencia,
descubriendo en una enciclopedia
esta adicción "ginefálica" de tu trece de copas,
en mi trasformación de herradura, la diéresis que falta a tu linaje,
y tú, a cambio, das el arbusto, acercas a mis granados 
el hambre de miembro del que admira y calla traidor
sobre esperma llovido.

Cómo explicar, los entresijos del karma,
la razón de qué un poema sea macho o hembra,
las ganas lectoras de ti
subiendo en escalera.

El que una vez muerta, morir, morir, rememorar.

Y esa forma extraña
con que intentas, sin lograr,
volverme rima de aguada,
si desde siglos hace
que vivimos en estuario.
Vestidos ignorantes somos dos desconocidos
y sin ropa, nuestros apellidos se enlazan 
en una palabra,
en malabares de aforismo, palíndromo, tanka
y otras 
posturas 
sexuales
de dos sílabas 
que se besan.

jueves, 22 de octubre de 2015

En esta apartada orilla.

Laminada envoltura,
capa a capa,
milhojas de ingrediente textil opiáceo,
la narcolepsia del sueño de la protuberancia
al existir el amañado eslógan
de que si la vida es somnolencia
abrazada a alguien debe ser más llevadero,
en esta ciudad
cuadra de sábana, reliquia de cuerpo
en un pijama verde manzana
árbol horizontal que dormita
en esta soledad de grillos auditivos
sobre esta balsa de colchón viscoelástico,
muelle sin pasaje, soledad de crisálida
para izar un peso para la estadística
de un país que pernocta polis
embriagado, en un barrio de frío que ahora,
escribe un reverso de ninfa
al algodón, al petróleo procesado en una mano
gigante caricia de cama.
En este vespertino, donde las estrellas
son las flores inodoras
y me siento guarecida pero no amada,
donde el poema es otra prenda de Zara Home
con rasgaduras por un gato sin bautizar,
aquí, acurrucada hebilla,
nudo de cabos, acróbata parapléjica
varada, mujer de  más de cuarenta,
en charco, en un ascensor dormitorio,
que llorará en silencio, en la ranura del despertador,
en la oscuridad de boca al beso que nunca llega,
mujer enamorada de la ciénaga
que descansa en faz y cae como piedra
de acuario, te oye respirar, oye tu plagido,
epidemia de tu píxel, del volumen
de los seres roncando,
con hirsutismo, sólo digno de pronunciar te quiero
al chirrido de la mandíbula,
gastada pieza, personaje de un capullo,
enamorada del imán
que me abandona como un mastín
en la carretera, y me tatúa en la cara interna
desconocida que a-travieso
en este momento, de noche que no es noche,
de mujer de más de cuarenta
que quiere olvidar a un hombre, parido monarca,
mitología, gárgola de centauro,
a cualquier suero mórbido,
que la ha vestido para Zorrilla
en la laguna de un lecho sin nadie.

En esta cama abrigada
con preguntas sin respuestas.


miércoles, 21 de octubre de 2015

El aroma de la mariposa número 245.

Puedo soñar en esta encrucijada
que el barco,
el avión,
el tren,
el carro de niño a la intemperie,
no son los adecuados embalajes
para mediar con el tiempo;
podré sacar la metralleta
y a ráfagas grabar en las paredes
tu nombre, es así, como lo siento escrito
dentro de esta costilla enfundada.
A veces mi obstinación salobre
no me deja ver las palabras llovidas
que tanto mal han hecho
a la cantera de mis oídos,
ver el adjetivo carbonizado,
la hemorragia de la nariz
que mancha la colcha, las manos, los óculos,
como un afluente interno de un amor
desvanecido, no sé, no puedo,
no entiendo el idioma de un hombre
que falló tanta veces
el pliegue terremoto
si su corazón no latía.
Otro papel,
trabado en el parabrisas
esperando el aguacero;
en este momento que las ganas de ti
me despertaron,
el olor sibilino del café del vecindario,
tu poema martillo
que remueve la película
cada vez que asomo a ese espacio
infranqueable de tu hermosura maldita.

Te amo
en esta catarata,
te amo en esta matriz comanche
de vertiente,
te amo y no lo puedo evitar
mientras me deshielo
delante de una calle de pechos cortados.

Sin ti, ya no hay amor posible,
eres el ídolo,
la mortaja de un tenedor
extranjero en el lavavajillas
queriendo lustrar la saliva impregnada
de todos estos años.

Pero reniegas de mí,
sarna de perro,
leucemia de gato,
expulsada del paraíso por electa
aborrecida flor de invernadero,
y yo que sólo entiendo
de la besada, de la tregua, de la paz
no del lenguaje de los cobardes.

Te perdono.

martes, 20 de octubre de 2015

Alevilla.

El verano en el centro de la ciudad era arenoso,
sólo las calles estrechas
mirando a Mistral 
daban un respiro al caldo.

Ellas, igual que farolillos de verbena,
iluminaban los zaguanes,
mujeres de edades complejas,
vestidas como las señoras que van a comprar al supermercado,
las señoras de la vida
que aguardaban a los cortesanos del amor,
del sexo explícito
sentadas en sillas de enea,
de cocina.
Las veteranas,
auspiciadas por un chulo de piel moca,
con abanicos de periódico
olían a almizcle con medias y rostros enteros,
no eran jóvenes,
llevaban años en esa esquina de aquel hostal viejo de Palma,
colindante al Palau de Sant Felip Neri.
Fumando,
esperando el jornal
con la piel lustrosa por la nívea
o con las uñas pintadas de vino.
Ellas, nos saludaban,
a las que con paso rápido
llegábamos tarde al comercio
de explotado grano de mijo.
Un día encontré a una de ellas fuera de su corral,
era la rubia de pelo de púas,
llevaba una adolescente,
flor enferma prendida entre sus manos...
Y ya 
no pude
continuar
este poema... Ll.Ll.

domingo, 18 de octubre de 2015

El cuento del hartazgo molecular.

Sólo quería ser su amiga.

La flor nacida en el despeñadero
quizá viva de su propia soledad contemplativa,
el cielo y la cumbre
sean los mejores compadres
que vivir con el resto en las jardineras 
del barro.

Sólo quería ser su amiga.

Pretender la amistad del silencio,
de la oscuridad de los armarios cerrados,
de la mancha del rotulador en el babero,
es, en ocasiones, una tarea dificultosa
porque dentro de su centro nunca ocurre nada.

Sólo quería ser su amiga.

Agotada empresa, un día, una pastora
se enamoró de un puente,
lugar de paso, donde las espuelas
y los viajantes grababan el peso coeficiente
y la mujer no podía evitar el sufrimiento.

Quizás al puente le guste notar la historia
de las ruedas circulares haciendo trillo
a su estómago de castaño y no desee
saber nunca lo que ocurre desde su nada.

Sólo quería ser su amiga.

El viento molesta a la brisa más liviana, 
enharinada al molino
que le produce un sinfín de irritaciones fluviales.

Y yo que soy, mucho mar de Tramuntana.
Y no todo el mundo la quiere
más que la flor, la oscuridad y el puente.

Sólo quería ser tu amiga

Mal de la hamburguesa.

La belleza sin ningún miramiento
servida en cristal fino
siempre atrae cósmica e irrefutablemente.

Qué te la den en un cartón
o en un vaso de óxido,
dedal,
sobre de carta,
o jarrón de jacarandá putrefacta.

La belleza semejante a la juventud
se sirve en hoteles
con esferas de Murano
y cisnes con arrugas de periódico
que no permiten ni reír, ni llorar, ni vomitar.

Esta enmienda no conviene,
invendible el beber agua por muy sediento que esté
el convenio colectivo
sin el paquete adecuado
porque aborrece hasta el apéndice.

Así que hablemos en el poema
de la vianda a láminas, carpaccio de lunas, de astros, de corazones,
devoremos caníbales la carne cruda
y dejemos de chismorrear
de la fea verdad
perdida en mil gotas,
igual que un orgasmo en tu cara sociedad.

Colirio pez urbano.

Ayer leí
que un estilo debía imperar en la retórica
y titubeando escuché
el batir sucio del realismo.

¿Existe en el volar, del gorrión en un charco de petróleo?

Y en las gasas rojas
del último legrado que duermen
con el material quirúrgico?

¿Y en el colchón enquistado?

En un terrado tomando el sol
con estampaciones  arcillas;
las manchas eyaculadas del cloro
que dibuja nubes
dentro de una barriga con la estaca.
El pasillo de la verde oncología
semejanza del prado,
en los hospitales
del paraíso de los guisantes sin retorno.
Niños con caries.
Lavabos de carretera
atravesando el alambre políglota,
desiertos bajo el mar ahogados,
un calcetín cadáver de niña
entre la ropa adulta
y las toallas amanecidas
por la lluvia, que aprovechan
para llorar la ausencia del cuerpo.

Mi realismo sucio.

¿Cuál es el tuyo?



viernes, 16 de octubre de 2015

Capital de Grecia.

He cenado espinacas
y dentro de mi archivo de rarezas
rememoro la lectura de libros
no aptos para niñas de diez años.

En el pasillo de casa de mis abuelos
recitaba la poesía mística
con voz desgarrada y trágica,
mientras la familia presente
ladeaba la cabeza pensando
que de París llegué con carromato
y no en cigüeña.

Charlatana sigo siendo ahora
y en particularidades aéreas
a veces en mi aprendizaje poliedro
pienso que sólo conocemos
las capitales de las grandes ciudades.

¿Y los pueblos?
Con sus riadas inocentes
que se pierden en la carretera
del mapa de los célebres nombres.

Así que no está de más
visitar la poesía rural,
del ayer,
de la biblioteca,
del mercado con ocas danzando
lejos de las luces urbanas de los apremios
y otros títulos
que impiden ver
la galaxia extraordinaria
de un bar maloliente
y un mozo, semilla de leves trazos,
bebiendo el primer verso
de la copa.

jueves, 15 de octubre de 2015

El amor debajo del felpudo.

Abrazada a la sabina.
Sentía
que mis extremos
se unían al hombre-puesta de sol
que jamás contemplaré
en mi lacra existencia.

Mis brazos
eran vocales que se aferraban a su pecho,
y escuchaba el latido 
de cada gota del reptil
desde los más obscuros retos del ánima.

Me posaba como una manta mora
sobre su arena
bramando al océano
el rugido.

Abrazada al alcornoque.

Mis piernas eran
las que conseguían hebillar
su sexo, a horcajadas la hache muda
se abría paso a la tundra de las palabras
desde la nota musical indígena-oda-de pentágramas,
me decía vete, qué haces aquí en mi corazón,
y desenvainada con disimulo
sostenían mis dedos un poema
colgando subterráneos
hacía el océano y su arena.

De pozo,
de amor que no es amor
como un murciélago
porque no vio la luz nunca
y fue un sarpullido de corteza de árbol, brazos y piernas pares.

Abrazada.




Gracias Maestro.

La historia la escribe el vencido
por eso, en la dirección única
y en hábito episcopal, éxtasis de Teresa sacra,
reconozco las perspectivas
del quinto elemento.

Él me salvó, fue en su inmersión submarina
el que de entre las zarzas
tomó el cuerpo de Ofelia,
fiambre gélido,
mórbida iracunda.

De entre los infiernos él me salvo.

Engendró la simiente
remendando las heridas,
en la construcción de una capa
para esmalte del duelo.

Limpió las plumas de pájaro.
Limó las garras de Grifo,
para concepción del aroma a la manzanilla.

De la joroba a la meseta tiznando el pelo
con el colibrí.
Él me salvó, inyectó la fe, la piedad.
Elevó mis senos, masticó la carne
pariendo una mujer nueva,
luna rota de noche de pegamento.

Con astucia domesticó
los dos gramos de la bestia,
la hizo débil para percibir los motores
de los pétalos, derribando de la almena
las puertas.

La lluvia del vencejo.
Fumigador de amantes.
Deshilachador de la hebra del capullo
para retratar en la radiografía torácica
a la polilla.

El amor desinteresado
hacia los ojos pequeños,
la vena más rica con piedras,
musgo, setas, zafiros de ramas.

Frente al cemento que había sido
mi fétida ciénaga,
albufera de anfibios necrológicos
de ego.

He percatado que ya puedo andar sola;
cuidaste de la alimaña y sanada
regreso al bosque turquesa.

Hora de volar.
Gracias maestro.
Os amo.



La dalia negra

Quise salvarle, como una engreída profeta,
quise andar sobre sus aguas, pero,
su artículo, su caja de abismos, rítmica maleza
de garriga estaba atestada de selva
con demasiados juncos,
anfibios lodosos compartiendo espacio
en su corazón de tinta.
Y caí buzo. Y manché la cara
y mientras con más ahínco quería auxiliar
a Ofelio, mis pertenencias de brazos,
de textura epitelial verso gestante
biplaza de harturas se llenaron de la única profecía
del azul titánico mar
acabando exhausta en una empresa
imposible; toda mácula, toda poro, flor metida en vaso
con el color del recipiente, boya de platanal.

Le quise hacer semilla, salvarle de la cebada
fiebre del heno, y lo único que supuraba era
una mujer negra convertida en pantomima
a la luz zócalo de sus ojos.
Mi silencio
no es porque ya no te ame, me he ido con ellos,
viajando en el reverso de la hoja en una decisión
de no morir por desprecio intentando resucitar al dibujo,
yo que soy cardo, aguja de pino, veneno,
quise rescatar
y nos matábamos.

Sanadora médium de tatuajes en sótanos,
proveedora de amigas rompe aburrimiento,
tanta para tan poca nube, tiene-ninfas-ahora -juega-con-ellas.


Porque la diosa se va a su cielo y desear salir de tu página,
volar del cuadro de Dalí, exorcizar tu recuerdo, de
dar vueltas la mosca de la fruta
a la corriente.
Quise ayudar y me quedé plomo
del armariposadera de tu retina
en ese rollo patológico de que me voy a ir,
aparece y me voy a ir,
y soy y tal vez pronto, mañana, ayer, cuando, éste, sur o vivero me voy a ir
del azote. Sin compromiso,
sin apego, estructura fálica de nómada, pero, las vecinas son como un grano inoportuno de arroz y vivir pegada en el fondo de la paellera, quema.


martes, 13 de octubre de 2015

Querido mimo.

Nunca olvidaré el día de septiembre
que vi de la mano adulta alejarse a mi carne,
miraba a través del retrovisor mientras mi pié aceleraba
y trémulo el cambio de marchas
dibujaba en el espacio la negación momentánea
de que aquella fisura sería circunstancial.

Llovieron sapos, las orcas se desangraban parturientas
y ciega amontonaba cerrillas usadas
para construir una balsa. Cuando desperté del coma,
de esa muerte en vida,
era demasiado tarde...
las mazorcas llevaban bridas de otra plantación
y mi cara más vieja
observó un montón de restos de placenta vacía, medusa costra,
calvario de púa en el ojo,
dolor de madremalgia
las uñas decoloradas de pegar sellos
en una tripa que adolece
en largos cordones de áncoras.

Quisiera tener una vida normal,
que Pizarnik tomara té con pastas
y fuera una anciana
sentada en una plegable viendo jugar a la selección argentina.

Que no se hubiese suicidado, le lanzaría
el cable que sostiene al moribundo
antes de estallar su poema contra el espejo,
pájaros antorcha y un vaso de aguardiente.

Pero la salvación,
nunca diseñó la perfecta costumbre
y acabamos matando hasta los mosquitos
con los aerosoles.

Me duele tu dolor, siento lo que reverdece
entre las comisuras, el esófago de no escuchar
las palabras:  mamá, papá, abuelos.
Beber una lata de aceite
y lanzar girasoles a lo que más anhelo, una familia.

Hoy te han pellizcado dos trozos de dedo, mimo estimado,
pariente lejano de Alejandra.

Por favor llora como siempre, mientras te duchas, las lágrimas son el suero
de los que aman y delegan
en beneficio de los astros.

Cómo te entiendo en tu silencio.




La niña, de la moto, cierra.

Visto desde la acera
da hasta gracia
el haber habitado en más casas
que osamentas.

Qué el amor de antaño
con música de película italiana
fuera todo lo inimaginable
en un mechero a punto de encender
la tarta, en la actualidad,
que sea, la reencarnación de un zombie
con los globos oculares
de mármol, con la piel cetrina,
dedos lagartos,
con la lengua chorreando
gemidos rojos,
exaltando en su plañido
espasmo de maniquí.

-¿Qué te pasa,
tú que eras la sangre
que saciaba las arterias?

Y los monstruos se mueven en danza chicle
como si tuvieran los pies pegados
con zapatos de enterrador.

El hígado es un sol
de tarde
que asoma por el horizonte
entre sus molares.

Me dan asco, no soporto su naftalina.

Reviento la mirada
en su patética servidumbre
con extras que se repiten cien veces
en la secuencia y trapo,
que quieren alimentar la ameba de mi cuello
y hacer de su secta la artemisa.

Pero, yo policíaca ya no los amo,
los maté con mi coche en la senda del hueso,
los rocié con gasolina y los hice estrellas,
les clavé una hacha
en toda la raíz que unió
nuestros sexos andróginos
represión entre fogones
y hedor a formol de llanto.

Malditos muertos vivientes del pasado
siento la indiferencia amiga
mientras me pongo de rosario tus mentiras.

Macho del celuloide,
no has percatado que ya no te amo,
que has fallecido en mi película
en la vacante perpetua.

domingo, 11 de octubre de 2015

Sin título.

Cartas desde Manhattan
escuchan a Chopin
desbarajadas 

Ayer en una red social
colgaste el cartel,
de que habías ingerido una pistola rusa 
de aire comprimido
porque ese amor tatuó 
hasta la exterminación,
hasta que no quedó ni un trozo de tu piel cuerdo.

Desde septiembre
el ocaso había sido precipitado,
y ya desde el ocho no más hablé contigo,
paisano de tierra isleña.

El amor loco
como dicen los franceses,
y yo que no tenía tiempo para escribir
más que un abrazo.

El egoísmo del ser humano
incapaz de leer la palabra auxilio
escrita en los pupitres de las escuelas.

Ayer, lo tiraste todo por la borda
yo que conozco el sabor de los caramelos
de la muerte.

No fuiste consciente
en la cúpula extraña
encerrada de tu ojo.

Qué un amor que te destruye,
asesina.

Y queda como una tira cómica
a merced del gallinero,
un Poeta de tu valía
que se convirtió en estatua de mármol
y perdió su cabeza
por una corona vaginal

Lo siento.
Vive.




Comida sacra.

I

¿Qué haces? Más que encharcar tus sueños, 

merece la pena algo que te ve 
como un fósforo
siendo granado.

II



El domingo con sus liturgias 

haciendo oes de humo a las cocinas sagradas
en su cónica estructura
las ofrendas,
los huevos parásitos en los repliegues
haciendo que frente a un fregadero 
la añoranza murmulle 
la fonética del lavavajillas. 

Sube el crepitar oleico

el tufo de sofrito sobre culos requemados 
que extinguieron su adherencia.

Las paellas se llenan de besos 

y la comida familiar tiene limones 
y rodajas de amargo. 

Yo les oigo hablar bajito, 

con las sobras en las juntas de los platos, 
con las cáscaras vacías de los crustáceos 
en mares de barrigas obscenas. 

Costillajes con acentuación en llana,

y niños, y peras, y no sé cuántos cuentos de hadas.

Aquí con mis tres mariposas negras 

afanándose en su aleteo de buche sin tregua. 
Escucho el recuerdo
con la movilidad de sus antenas, 
en cuchara de soprano, 
tenedores orgánicos en comedores de primos, 
de hermanos entre la mentira y la mueca deforme ley.
Sube el olor de la candidez y sin embargo 
no hay aquí en esta atmósfera de restaurante 
una mano para compartir el pan seco.

Las palomas siempre temieron a los felinos, a los gatos que comen en psiquiatría. 
Y sigo peleando patatas 
que ya no se acuerdan del campo 
para nadie.
¿La memez de querer al poema?

Tapones de corcho rodando por los manteles.
Risas comestibles de la vecina
y una puerta de frigorífico
que se cierra ante la visión.

Del granado tallado en dientes.
Amor muerto por inanición
porque si no es compartido
hiele a un café solo.


Abadejo.

Una palabra escrita a veces es un claraboya,
como una mano altruista
que acaricia desde la distancia.
Si fuera un mar le diría mece,
si fuera un pez,
exclamaría nada.

Entonces continúe,
no demore
que lleguen antes de la hora
Porque las redes que pescan
las sílabas en el amanecer de neblina
en las islas dan costumbre
a los días con más vatios de sol.
Si fuera el mar.
Si fuera un pez.

viernes, 9 de octubre de 2015

Sol.

No habrá en esta tierra
un hombre estandarte de mi mar Mediterráneo
con la delicadeza de la berenjena enraizada
de sombrero alado entre mis pechos
porque aunque mi lengua sea extranjera
el corazón late con el lloro de la piedra caída 
de la sierra hacia los torrentes,
pájaro sin pico
que ama el que más calla
y el remar de las galeras es el trabajo
del campesino desflorando el almendro.

No sabré de macetas, ni el nombre de todos los ríos ni pueblos
pero conozco las cuerva de tu cuerpo desnudo de valenciano.

Llull en la cueva escondido
enciende una vela por un amor
que se muere,  donde no habrá dos amantes
que juntaron tanto el amor de dos sangres.

Nuestra pasión
fusilada de tanta codicia.


No hi haurà en aquesta terra
un home estendard de la meva mar  Mediterrània
amb la delicadesa de l'albergínia arrelada
de barret alat entre els meus pits
perquè encara que la meva llengua sigui estrangera
el cor batega amb el plor de la pedra caiguda
de la serra cap als torrents ,
ocell sense pic
que estima el que més calla
i el remar de les galeres és el treball
del pagès desflorando l'ametller.

No sabré de tests, ni el nom de tots els rius ni pobles
però conec les cuerva del teu cos nu de valencià.

Llull a la cova amagat
encén una espelma per un amor
que es mor, on no hi haurà dos amants
que van ajuntar tant l'amor de dues sangs .

Nostra passió
afusellada de tanta cobdícia.
Lluïsa Lladó.


miércoles, 7 de octubre de 2015

El plan de Alicia.

Se mueven los garbanzos en la medianía de las cosas
remando con la espátula dentro del puchero,
componiendo la lustre
a la sartén, en inmediata melancolía
y una aprende, de los malos poemas,
las soluciones.

Un poema tuerto, con prótesis, un poema de mariposa vuelta al gusano,
de esos de días de lluvia que dejaste el impermeable
en el cine Sol.

O confiada llevaste tu vestido 
para la boda interna del barril
y justo un minuto antes del recital engordaste
y se te quedó pequeño.

Una que insiste más en las palabras
que con los sueños, que necesita acordeones
sentados a la vera otoñal del que crea, y destruye
vagamente las bombillas a pedradas del cielo.

Malos poemas, sí, tan imprescindibles
como la caspa, la tos perruna y Torrente.

Y te ríes, y los doblas en trapos de cocina,
y los pules ebanista con lija de coqueta.

Poema.

¿Un buen poema?

Gatos armónicos que olfatean el viento
con su víscera como tacones de feria
y un botón desparejado
en una camisa cosido sin mangas suficientes
para ocultar el adjetivo.

Cuántas veces se nos ha pasado el arroz,
o le pusimos demasiada sal para salvar el mundo

¿Has quemado con la plancha el sustantivo? Hervidora, muchas veces...

Me alegro nítida y hambrienta
de escribir pésimos poemas de estaciones,
de muertos, de pimienta excitada en la garganta,
de síndrome premenstrual y toros mecánicos.

Tal vez sea una idiotez profana
la de ser una señora con cambio anamórfico,
pero, de todos los chistes el poema es el que nos mata
de carcajada tiñosa, de Tarzán perdido en Alcampo.

Nos mata 
sin darnos cuenta.



martes, 6 de octubre de 2015

Ducados y la marquesina.



                                                                                  Noches de ronda es el modo poético 
                                                                                    de salir, huir, infringir.
I

Con el cuello despintado en la blusa
del color marfil;
con el pelo de almidón por la calima
de los aires acondicionados muertos
a la hora del baile
y una lengua de gamuza
con el poso de haber bebido más de la cuenta: 1,2,3.

Lancé mis botines al aire
igual que meteoros soviéticos,
desnudándome amoratada del helor marital;
para descubrir en la ventana 
un torso de hombre mirando a mi boca,
apoyado en el aluminio fumaba 
y sus ojos 
eran dos gatos brillantes en una autopista paralela al cementerio.

Su cigarro masculino,
encendida brasa que rompía la noche
y yo un espectro 
que me fui resguardando hacia el destierro
justo en el momento exacto
de su última bocanada.

II

Él a veces me mira.
Y yo no le hablo.
A veces fuma y lanza la colilla
desde una habitación pintada de rojo Marte
con marco argenta,
pero, soy una luna que jamás llegará a su alcoba
por muchas vueltas que dé por mi comedor,
por muchas madrugadas
que él contemple mi cuerpo sin ropa
y yo silenciosamente me abandone a los abismos
de la soledad.








Cobre y azucenas.




Destrenzando el cable paralelo 
parecíamos informáticos en una animada conversación
sobre la entrada del USB.

Un ruido de moto por la línea
nos aisló subiendo una pregunta por la garganta
como una bilis rebelde después de un concierto de jazz
decapitando los enchufes.


-¿Qué nos Pasó?

-No pudo ser.

Y volví a conectar el router
y las ondas emitieron fallas
en nuestra letanía de imanes.

La única electricidad
que existía en nuestros sexos
era la amistad. 

Por eso entre el primer fascículo de la vida
y el bricolaje, no seremos
más que mecánicos 
que conversarán animadamente
hacia el camino de salida.

guardando en el disco de memoria
los besos equivocados.








domingo, 4 de octubre de 2015

Sin título.


I

Estúpida la enmienda
de pertenecer a una fuerza gravitatoria
para desplomar el estómago sin número
como una manzana contra las losetas.

Porque en mi desespero corro,
nado las cien islas,
apuro los labios en el desfiladero
y le hallo en cada brote de la azalea
que crece en las esquinas de una rotonda.

Sentir esta libertad desplegando mis alas de murciélago
a nubes y a picos, en el recorrido de trenes, de copas llenas de ginebra
con el tabaco acunado,
sometimiento vespertino del retorno al paraíso de su sexo.

II

Rueda el ovillo y florezco entre sus carnes,
maraña de los hilos invisibles
en las tuercas, en la lengua, en las barrigas que oleajes crean
e iniciamos desnudos un trayecto
de anillos en manos abiertas,
de afluente de absenta que baja por mis paredes,
esa seguridad espumosa de quemar la iglesia
del credo, de abrir puentes con el volumen de su tórax sobre mis senos,
mordiendo la víbora lengua, y muriendo ciega
para escribir que le amo
a la vera del lóbulo.
Me hace crecida de río,
llena de tierra toda mi penísula
para crear un nuevo continente
de muslos, de caderas en bandas de pájaros,
de frío en lava, de poema abatido
entre el eclipse que sucede cuando
los perales toman la raíz en mi gruta.

Me quema.
igual que una vara de incienso,
y si duda, estira la polea
cuando mi sombra avanza en línea
arrastrándome junto a usted, a su jaula.

III

No cree ya que han habido
demasiados veranos entre nosotros,
de esta droga sintética
que supura en yagas.

Deseo ser feliz, en la construcción semántica
más libre del universo,
que a pesar del jabón de centella,
del agua tibia de la ducha,
desprende la piel el aroma de su ego,
Le gusta, bajarme del pedestal
para en devota rendición
oler a todas sus naturalezas.

Y grabar en mi retina
cada uno de los espacios
de dos personas que no copulan,
que se aman como la sal a la caliza.

Deje que piense que es el amor.














viernes, 2 de octubre de 2015

Felicidades emperador.

La ciudad amaneciendo revienta en un ejercicio gimnasta
a la gente de un sueño en ruedas;
deten-idos en los semáforos florales:

La médium y el cirujano,
el animal de fieltro y la sombra autómata.

Cruzados escribanos como balín de piedra,
andan algunos, trotan otros a rastras.

Y de repente diviso a un poeta que cabizbajo camina,
en el paralelismo de la constelación aún no descubierta,
con esa tristeza del salto, de la hija recién adoptada,
vestida con el color de las fundas de las gafas.

En una exclamación, le digo:
-Felicidades Emperador.

Sí, es un poeta, se le nota en los andares,
en la manera cristalina de observar las palabras
que zafias van escritas en el suelo.

Y pienso inequívoca en los antiguos hornos
de puertas con bisagras de mariposa,
de panaderías con bandejas repletas de ensaimadas.

Humeante huele a miga de buena pasta,
a pureza de harina sin refinar, a la masa que toma la forma del equilibrista
entre la técnica y el rimado gris.

Las nuevas molduras
son el pan nuestro de cada día.
pero ellos, no perciben aún en su miopía matutina
la grandeza de la generación futura
con sabor a tierna fe.

Como el pan del pueblo beréber
sin aditivos ni soeces, ni espectáculos,
en una ciudad apestada de las ratas de Delibes.