domingo, 13 de diciembre de 2015

El olvido de la higuera.

La celebración
dulce engaño invernal 
para mitigar la frialdad.

Mi padre se encargó de  desplomar el árbol de la vida.

Y llevo años buscando la fórmula
para regresar al nido.

Me transformé en un pájaro
sin alas, 
era un número, 
un tapón, 
un ente
cualquier cosa lo suficientemente extraña
para no resucitar la tala, donde los motivos navideños
parecían granadas maduras
y los cristales, el hueso roto.

La vida con ese empeño de arboleda,
y yo que siempre los construía paralíticos.
Mi madre y mi suegra, creaban grandes olmos en el salón
llenos de estrellas y brillos,
y lazos 
y sogas.

Colgando sus insatisfacciones
para júbilo de todos.

Recuerdo esa Navidad de color Ford Fiesta.
Y el llanto 
y el pájaro.

Y el nacimiento de una carroña en mi ombligo
en poema pócima, y todos los hospitales feriantes
en salas de urgencia.

No me gustan estas fechas.
Por eso me inventé en una adicta al trabajo,
y en esta pula con más tiempo, miro la leña.
El olor del ciprés,
el musgo del champú de la botella.

Y tengo unas ganas locas
de crear mi árbol,
de nido roto por la riada en ramas.

Quiero, enterrar al padre,
mudar el corazón 
y que la vida
de una vez, tenga la misericordia
de dejar que en mis plantas,
tendones, falanges,
uñas, y tobillo de nenúfar.

Nazcan raíces
y pueda resguardarme del abandono.







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