martes, 24 de noviembre de 2015

Lástima y aprendizaje, el perdón.

Nacimos desnudos
desconocedores de la verdad
sin bandera alguna
ni mano que ocultase nuestras vergüenzas.

Algunos habitan en una dimensión distinta
y se atreven a hacer de un corazón
que late con palabras
a los oídos, una parodia
de tarde sabática entre cervezas.

Nacemos como morimos
sin conocimiento en el último pétalo,
y el poeta
que fue juglar en su arrancada
se ceba porque canta y no es cantante,
se queja y no es mueble,
se enmaraña con la injusticia
y la política lo persigue con mudas de la inestabilidad.

Ponte en mi lugar,
de pié, delante de este micro, llena la página de ariales,
intenta coordinar esta ideología.
Los dioses nunca se sientan,
basan su alas
en el respeto al carpintero
que poda el árbol;
al enfermero que cura la venda
entre la piel y la semilla.

De la postura yoga
que quizá, para otro sea una pose
fácil de ejecutar.

Soy una niña con frío
cuando recito mi poema para vosotros,
y mi voz histriónica
crece como un lago
para callar el eco
que decía
tú no sirves para nada

Así que si hay regimientos, o sombra,
o boca llena de gusanos
capaces de morder el papel de la historia humana
que sepan con resignada dignidad obrera
y  con callo en la garganta
que la poesía
fue antes que el huevo y la gallina.

Universo,
cosmos,
energía.

La capacidad poética de perdonar.

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