domingo, 1 de noviembre de 2015

El complejo iris de su corazón.

A Eduardo le gustaba hacer llorar
a las mujeres,
era evidente, sentía cierto placer enquistado
cuando provocaba la floración de esa marea vomitada
en el oftalmológico pantano contenido.

Él sentía, que hacía un bien benefactor, era la cura del alma,
pero, Begonia, que en un inicio controlaba la lágrima;
como su expareja le enseñó
para que los vecinos no escucharan su sufrimiento
y quedara enmascarado el maltrato.

Fue cediendo al escuchar lo que quizás ella ya sabía,
sin la necesidad de escenificarlo.

Las compuertas se abrieron y el pecho
se convirtió en una catarata
y él en su jerarquía de curandero infiel
se regocijaba de ese cuadro de gotas
de azules pinturas.

Begonia, estaba hasta la barbaridad,
no podía amar a un hombre,
por muy genio que fuera,
si le hacía daño.
Y sintió una furia irrefrenable
porque había caído en una trampa mortal
desde hacía tres veranos
y no lograba apearse de la madriguera.

Huye, Begonia, conoces muy bien
el sabor de la mimosa
triturada entre tus dientes.

Este amor no tiene los suficiente cubos,
para achicar la verdad, muchos muertos rondan por la habitación
y un reloj suspendido ejerce de lampara del tiempo.

Él amaba a todas sus pacientes.
Ella le odiaba.
Ellos eran demasiado inteligentes
para esquivar a la muerte entre espejos estratégicos
y cachorros que elevaban la libido de la maternidad censurada.

Begonia se volvió cáctus
y mientras salió de su casa
liberando la cortisona con los labios maquillados,
tomó la determinación de fregar toda aquella tormenta acaecida,
donde él la necesitaba más que a ella.

Se habían vuelto viciosos incompetentes,
demasiada poesía vuelve loco a cualquiera
y sabía que si seguía en su tónica bebida favorita
acabaría llorando piedras.

Eduardo, rememoró las última palabras de su padre
donde le daba la instrucción
de la salvación divina.
Mientras Begonia seguía llorando.
Porque él, el perfume, moría delante de su programa
sin audiencia
en un propósito de joderla a ella
y a su cuerpo.

Y Begonia lloraba
y él lloraba
porque quería jugar con el mar
y lo rompía.

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