domingo, 22 de noviembre de 2015

Carta desde los disturbios.

De escuela militar procedemos
donde el somier carecía de colchón, y el aprendizaje cáscara
de cuerpos infantiles
sobre alambre (creed amigor mío)
dejó marcas romboides
dentro del corazón y el músculo trapecio.

El dolor nos enseñó que las espuelas eran estrellas
y que el abandono
era un juego al que debíamos estar habituados.

Y ahora, que he comprendido el idioma del naufrago,
que he descifrado la oreja de burro del librepensamiento,
y he visto el ego volando de la mano del libro
como un zepelín germano
anunciando desastre.

Amigor coge la mano fuerte
antes de que caiga al abismo
de los agujeros de estas paredes,
aprieta la cuerda y dibuja con tu yema sol
las marcas de aquellas parrillas
que quemaron la inocencia.

Salva a esta polichinela
borrando la lágrima tatuada de henna, sana gansa cuentista
de animal de feria
hecha sólo para los domingos.

Ahora que he entendido, en este jeroglífico de mañana,
el significado de vivir el fragmento
sólo te solicitaré en recurso un hilo.

Por favor, cuando me vaya
de este lar que me ha permitido tener voz, luz,
brazos, piernas, ombligo y parir hijos.

Recoge como un barrendero de mieles
todos mis poemas, como un tesoro de niña
que son todos a la medida de tu eje.

Por favor, hombre ángel y demonio, haz una pira.

Quiero que ardan amontonadas las flores del bien,
que sean energía, extinguida llama de lo que será mi existencia.

Amigor mío, volar.


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