jueves, 15 de octubre de 2015

La dalia negra

Quise salvarle, como una engreída profeta,
quise andar sobre sus aguas, pero,
su artículo, su caja de abismos, rítmica maleza
de garriga estaba atestada de selva
con demasiados juncos,
anfibios lodosos compartiendo espacio
en su corazón de tinta.
Y caí buzo. Y manché la cara
y mientras con más ahínco quería auxiliar
a Ofelio, mis pertenencias de brazos,
de textura epitelial verso gestante
biplaza de harturas se llenaron de la única profecía
del azul titánico mar
acabando exhausta en una empresa
imposible; toda mácula, toda poro, flor metida en vaso
con el color del recipiente, boya de platanal.

Le quise hacer semilla, salvarle de la cebada
fiebre del heno, y lo único que supuraba era
una mujer negra convertida en pantomima
a la luz zócalo de sus ojos.
Mi silencio
no es porque ya no te ame, me he ido con ellos,
viajando en el reverso de la hoja en una decisión
de no morir por desprecio intentando resucitar al dibujo,
yo que soy cardo, aguja de pino, veneno,
quise rescatar
y nos matábamos.

Sanadora médium de tatuajes en sótanos,
proveedora de amigas rompe aburrimiento,
tanta para tan poca nube, tiene-ninfas-ahora -juega-con-ellas.


Porque la diosa se va a su cielo y desear salir de tu página,
volar del cuadro de Dalí, exorcizar tu recuerdo, de
dar vueltas la mosca de la fruta
a la corriente.
Quise ayudar y me quedé plomo
del armariposadera de tu retina
en ese rollo patológico de que me voy a ir,
aparece y me voy a ir,
y soy y tal vez pronto, mañana, ayer, cuando, éste, sur o vivero me voy a ir
del azote. Sin compromiso,
sin apego, estructura fálica de nómada, pero, las vecinas son como un grano inoportuno de arroz y vivir pegada en el fondo de la paellera, quema.


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