domingo, 11 de octubre de 2015

Comida sacra.

I

¿Qué haces? Más que encharcar tus sueños, 

merece la pena algo que te ve 
como un fósforo
siendo granado.

II



El domingo con sus liturgias 

haciendo oes de humo a las cocinas sagradas
en su cónica estructura
las ofrendas,
los huevos parásitos en los repliegues
haciendo que frente a un fregadero 
la añoranza murmulle 
la fonética del lavavajillas. 

Sube el crepitar oleico

el tufo de sofrito sobre culos requemados 
que extinguieron su adherencia.

Las paellas se llenan de besos 

y la comida familiar tiene limones 
y rodajas de amargo. 

Yo les oigo hablar bajito, 

con las sobras en las juntas de los platos, 
con las cáscaras vacías de los crustáceos 
en mares de barrigas obscenas. 

Costillajes con acentuación en llana,

y niños, y peras, y no sé cuántos cuentos de hadas.

Aquí con mis tres mariposas negras 

afanándose en su aleteo de buche sin tregua. 
Escucho el recuerdo
con la movilidad de sus antenas, 
en cuchara de soprano, 
tenedores orgánicos en comedores de primos, 
de hermanos entre la mentira y la mueca deforme ley.
Sube el olor de la candidez y sin embargo 
no hay aquí en esta atmósfera de restaurante 
una mano para compartir el pan seco.

Las palomas siempre temieron a los felinos, a los gatos que comen en psiquiatría. 
Y sigo peleando patatas 
que ya no se acuerdan del campo 
para nadie.
¿La memez de querer al poema?

Tapones de corcho rodando por los manteles.
Risas comestibles de la vecina
y una puerta de frigorífico
que se cierra ante la visión.

Del granado tallado en dientes.
Amor muerto por inanición
porque si no es compartido
hiele a un café solo.


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