sábado, 1 de agosto de 2015

La luna azul.

                                                                                     Noches como éstas 
                                                 una comprende la insignificancia humana frente a la naturaleza.


La letra siempre sombrea a la coma

y el bloque de pisos al ciruelo.

La arboleda será un monte

y monte más monte: continente,
Este, oeste, sur y norte:Tierra.

Una presiente que la telaraña

deshilacha el punto, la pieza del cierre, pestillo, ganzúa,
último candado de la frase de una novela.

Una palabra mayor que una vocal,

y un rebaño de ellas hacen el discurso
y los recuerdos, qué extraño,
fluyen en mentes capaces de imaginar el cosmos.

¿Un punto quizás dentro de otro punto?


(Tricota la empresa de una malla astronómica

y con estos relámpagos de equinos desbocados,
el corte de luz y una vela que me mira)

Y ha venido a la memoria la tarde Luliana de Valencia;

no distingo la estación del año numerada,
pero,  rememoro a Falcón 
hablando de una mujer, sobreviviente de un campo de concentración
y mis ojos troquelados de puntos líquidos
y Riechmann
en su lucha para salvar el planeta del calentamiento global
sembrando puntos, semillas, ecología, granos de maíz y balas comestibles.

La esperanza ciega hermanada a la vuelta de las raíces

con pinceladas, con la mesura de los elementos.

¿Cual es el cartucho dónde perviven?


Una ya no tiene más capacidad

de enhebrar este cordel
más pequeño que una avioneta,
que una vocal a un guión,
que un hombre y una mujer
que cómo dos hormigas creen que son todo en su nada
condenada a ser estrellas.

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