martes, 23 de junio de 2015

Red danger wolf

I

Puedo empezar al estilo Forrest Gump
y decir que mi madre que sabe mucho,
eligió el mismo disfraz durante tres años consecutivos
para este avispero de poeta.

-Tú, María te callas y te vestimos de caperucita roja.

Y allí me plantaron dos rodales bermellones en los papos,
y una capa que yo quería que volara,
pues, deseaba ser una heroína espacial
y esa capucha, meterme la cabeza en un saco.

Con un cestita sin víveres me abandonaron en el bosque
y me las apañé como pude,
el leñador era un repelente talador de árboles.

-Oye, que haces diezmando la población conífera,
con esa camisa de paño a treinta grados;
no crees que un desodorante lo agradecería el ecosistema.

Y ese hombre con la misma cara que tienen
todos los chicos de los dibujos Disney
se puso color tomate, como mi sayo sin espada.

Pronto llegaría el aullido,
señal inequívoca
del lobo estepario,
tanta fama de chico malo
y en el fondo es colchón mullido,
relleno de cordero,
ven bobito, lo que necesita son mimos:
una mala infancia, una crisis de identidad asegurada.

No tema yo no voy hacer un abrigo con sus pieles,
y crea, si desea hacemos un remake del Principito y el zorro.

Seremos Caperucita y el lobo
y nos domesticaremos juntos.

No se preocupe mi abuela
trabaja en una protectora
y entiende de amores salvajes.

Déjeme ponerle la correa
y le llevaré a pasear al filo que dibuja
el sol en la montaña.

Es arriba, si arriba, su seso,
no su sexo, lo que distingue en este vodevil
al guardabosques con hidrosis,
de su perfección con hirsutismo.

Y con una tijera corté la casulla,
alcé los puños
y salí volando, porque esto es un cuento
y aquí mi madre
no manda.

II

Un lobo que muerde la mano
que le acaricia
no interesa.


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