domingo, 22 de marzo de 2015

Nadanadonadé

Recuerdo ese amor sin cuerda,
totalmente loco.
Nunca era suficiente,
siempre, quería más, cómo una termita bulímica
devoraba todos los bosques a su paso,
y aún así, él dudaba
de mi lealtad incondicional.

Dudaba térmico
pensando que cualquier sombra
había yacido en mi seno,
su desconfianza
con los años me demostró
que el juego no iba conmigo,
que era él, el que rompía las reglas en continuo,
y en sesión de noche
creía que yo, le pagaba con la misma moneda.

Ha sido uno de los hombres
que más he amado en mi vida,
y me sometía a ese interrogante
que todo no le bastaba,
quería infinito.

Me llevaba a la montaña
y me sometía a ejercicios castrenses
hasta el agotamiento.

Mientras las chicas
paseaban en el Paseo Marítimo
abrazados a sus parejas
y rosas en el pelo.

Yo..., debía trepar por troncos,
hacer abdominales,
subir por rampas,
y una serie de tablas del Vietnam en guerra,
acababando desmoronada
con las manos llenas de tierra.

Al son de su voz,
que si no resistía
ese entrenamiento, no era digna de su amor.

Uno de los mayores retos
y desesperada por demostrarle mi amor
(ahora, pienso francamente
que estaba más perdida que un billete de tren
en una lavadora) fue hacerme ir a nado a una isla,
bajo la luz negra del fondo
y embarcaciones de recreo
que cruzaban entre nosotros.

Espartano, decía, si no nadas
hasta esa costa, no me quieres.

Y mema, nadé contracorriente,
con las aguas gélidas,
apurando la fuerza.

Cuando llegamos a la cala.

Él dijo, aún tu prueba de enamoramiento
no es suficiente.

Ahora toca, volver.

Diez años de playas a nado,
y la duda niebla
para todos los días de su vida.

Nunca creyó en mi amor.

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