martes, 26 de agosto de 2014

Soberanía mononuclear

Ir de un lugar a otro como un insecto
que huye de la luz
y busca el confort del ruido
del motor de la nevera.


Bajo la vías de los trenes

entre guijarros
la corsaria errante
siempre se equivoca.


II


Cuando la luz tamizada por un éstor ladea,

se conjuga con ese despertar resaca
con agujeros en el pecho
por la lágrimas.

Sobreviviendo a la epilepsia nocturna

con estrellas convulsivas
y ceguera necrológica.

Ayer se fue.

Tenía cuarenta años.
Puta vida de trenes.

III


Podía tirotear al espejo

subir los calcetines
y emprender la huida.

Cerré la cremallera

y repartí besos
a cada uno de los retratos que conforman 
mi vida.

Familia inmóvil

que mira Gioconda
cada vez que salgo por ventana
y cierro la puerta.

Cordones, clavijas, brechas

de un ecosistema corpóreo
en desuso. El ecuador
y siempre con ganas de nacer
multiplicada por ansias.

Espero que no desesperes en tu odisea

cuando veas en el ángulo
y decidas si eliminar la barba
o dejar que la pena se abra a cachos
por tu cara.

Y aquí sigo, Alicia total

detrás de un conejo
que juega en Las Vegas,
rompecorazones de la baraja
que no merece ni un mísero pisotón de calle.

Brindemos por la faz.

Por este o-este,
por Poe, Fuertes y Dante, Wislawa y Rododera,
por una noche de verano
con mangueras a chorro
limpiando aceras
y la oropéndola
rugiendo tras las caras.

Gatas 

escarbando en contenedores,
verde de monte ciudad.

Se vive una vez.


Una puta vez

de vida de trenes.

Lo sabía Cortázar


y la abuela con su nieto

por la Avenida Valencia
que arañaba vida,
raíz que busca tierra.

Tren, tren, tren.


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