sábado, 23 de agosto de 2014

Los primeros higos.

I

Tomé la piedra,
con mi índice un agujero
y la siembra aguardó tres meses.

II

Vinieron desde Long Island
confiados de topar con el enigma,
realizaron una autopsia con lirios, en vez de bisturí.

Tres meses su cerebro
en una cubeta de agua de rosas
y varias sesiones de magnesio
a fin de tamizar el nombre.

Su cuerpo henchido.
Y nada.

Luego desde la península moscovita
expertos de alta reputación
con lupas al sol
le quemaban los poros.

Habían de sanar la piel de búfalo.
Pero sólo era queso.

Entonces un pardillo de comedones
como el profeta  niño
en una reunión de eruditos.

Lanzó su cóctel molotov
y creyó dar con el diagnóstico.

Ella tiene obsesión
y como el que devuelve el balón al vecino
se quedó tan pancho.

Me han dicho que te doy asco.
Mira al menos ya sientes algo
en esa piedra perpendicular
de tu cabeza.

No. Estuve enamorada,
presa de un conjuro contagioso,
fui del club de élite
de inseguras tras el rastro macho alfa.

Qué se le va hacer,

uno se deprime,
sueña,
come,
vive
y se enamora.

Tú no me conoces,
llenaste de paja tus pabellones.

Y nunca viste más que tu ambición.

Tendía la mano iguana
y mordías constantemente el chat.

Sabes escribo de lo que sale del higonoclasta,

Por cierto,
la higuera pare
y tú y yo
no somos  nadie.

Y se fueron felices
todos los científicos 
y comieron salchichas
con ketchup.

Colorín,
colorado 
este cuento se ha acabado.











No hay comentarios:

Publicar un comentario