jueves, 7 de agosto de 2014

Bola roja.

No tengo miedo al ridículo,
tengo miedo a callarme las cosas,
a trabar la lengua con puertas
y a no expresar la verdad de cada latido.

En este desvelo
con mosquitos amancebados entre mis piernas,
la luz espectral de un ordenador,
sol de noche,
justo a la lejanía de una ventana horizonte
de otro extraterrestre de la madrugada.

No tengo miedo de pegar verdades
como chicles en frente,
no escondo este amórlogos
a la proyección de tu cara ceniza,
de cenizo, de volcán muerto
que erupciona al antojo de las hormonas.

Mayor ridículo
sería callar lo que siento,
dejar que las picaduras de los voladores nocturnos
fuesen ocultas por tiritas,

que no fuese franca en esta postura
de calambres.

Para qué callar,
luego llamo a mi madre y el vecino del segundo piso
murió hace dos meses y un día,
para qué adherir mis labios de libro,
para qué,
ridícula desfachatez,
negar lo que siento,
y que tu cuerpo es un microondas
con la plata de mi atrevimiento papel.

Para seguir la profecía
y la ridícula suposición
de hablar antes de muerta.













4 comentarios:

  1. No sé, no sé... Esa profecía, esa suposición expulsando palabras al vacío, da mucha pereza.
    Abrazos, siempre

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  2. "...Mayor ridículo
    sería callar lo que siento"
    Ciertamente, el ridículo no es sino una arista más del miedo que produce pronunciar la verdad, porque una vez dicha nada puede ya devolverla a su estado original. Felicidades por un poema tan valiente.

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    1. Qué alegría verte por mi jardín de poemas. Muchas gracias por tu valoración, Carmen. Un beso.

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