viernes, 16 de mayo de 2014

Matrouska.




Infamia en las fronteras porque, a veces, 
no son los recursos naturales ni la historia. 
Son los niños los que tienen el mayor precio 
para que empiecen a exterminar pueblos.


Me llamo Boris, vivo en Crimea, 
tengo doce años, 
mi madre últimamente está alterada,
papá llega cada día más tarde 
 y la abuela, 
que nunca se separa de una foto, 
llora más de la cuenta,
presagiando un peligro cercano.

En el colegio ahora pintamos flores
cantando canciones raras, 
algunos profesores están nerviosos, 
han quitado banderas 
y sólo miran el reloj 
antes de cada cambio de clase.  
Otros, están felices
y han empezado a explicarnos 
que nosotros somos rusos y no ucranianos,
luego nos dan un premio por cada cosa 
que sepamos de un señor llamado presidente.

Mamá vuelve a deambular por la cocina 
y habla bajito con la abuela.



Pasan camiones a cada hora 
y esta madrugada 
no se oye más que el susurro 
de unas voces lejanas,
tengo frío y se han oído unos disparos 
como en las películas americanas
pero cerca de una calle que no dejan jugar, 
esto parece una guerra pero no lo es.

De día la gente sonríe, 
hay periodistas en las cantinas, 
pero por la noche ocurre 
que el silencio es un lobo hambriento 
y me manda a dormir muy pronto.

Hoy la abuela ha gritado 
y mamá se ha desmayado,
han entrado varios hombres, 
papá ha caído en una emboscada.


Sabes, 
esto no es una guerra pero lo parece.

MATROUSKA.   Lluïsa LLadó.

6 comentarios:

  1. Nos llaman humanos! Creo que engendros nos viene mejor.
    Muy bueno Lluisa.

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    1. Gracias Mercedes Dueñas es una verdadera pena que a pesar de ser seres civilizados haya enfrentamientos.

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  2. La parte destructiva de este jo digo ser que es el humano...

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    1. Gracias Marina siempre la irracionalidad al servicio de la supervivencia o el poder.

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  3. cuando pasa a formar parte de tu vida, suscita una inabordable ternura la visión infantil de la violencia

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