jueves, 22 de mayo de 2014

Carta abierta desde el corazón de mi amiga Lola Almeyda.

Lluïsa Lladó y su fábrica de azulejos.


He abierto el libro por una página cualquiera, al azar, como suelo hacerlo cada vez que abro un libro de poesía. Me gusta hacerlo así porque no hay que atenerse a la lógica de un relato, porque me gusta la sorpresa de descubrir en los primeros versos el impacto que causa el escalofrío de la primera emoción o la bofetada fría de la primera indiferencia.
Azul-lejos. El título no me llega con fuerza, las primeras impresiones son importantes. Conozco a su autora de leer algunos de sus poemas en una página cerrada de poesía que compartimos. Hay veces que me asombra, me desconcierta, me plantea un interrogante que se me queda clavado de forma permanente durante un buen rato. Estoy acostumbrada a esos impactos. Estoy hecha a columpiarme mientras hago algunas reflexiones alrededor de sus versos.
Mientras leo sus poemas procuro desligarme de su rostro, tratar de ignorarla. Desconocerla del todo. Si ella no tuviera esa sonrisa ni ese hoyo en las mejillas ni esos ojos pícaros ni ese pelo corto y rubio pintado para disfrazarla, diría que no es ella quien escribe estos versos, quien describe esta vida paralela, quien se ensucia y se moja y sacude las suelas de sus zapatos antes de entrar en la casa, creyendo que al mismo tiempo sacude las cenizas de su cabeza y se libera de los miedos, de los achaques de la felicidad ficticia, de ser hija sin madre, madre sin hijos, amiga sin amigos.
Lluïsa Lladó. No sé quién es Lluïsa. Trato de descubrirlo, descubrirla, y me da miedo penetrar en ella. Creo que nos engaña a todos y buena muestra de esto son sus versos. Nos engaña porque aparenta ser superficial y nadie que escriba estos poemas puede serlo. Nos engaña porque aparenta ser diablesa y nadie que haga estos versos puede ser diabla si antes no es demonio y se ha cocido en las llamas del infierno. Nos engaña porque nos enseña una sonrisa angelical y nadie puede ser tan bueno como para parecer ángel y demonio al mismo tiempo.
Leyendo la poesía de Lluïsa –esta, la que desconocía, la que viene impresa en el libro-, tengo la sensación de estar ante alguien mucho más vieja que yo, que pretende ocultar lo que sabe, lo que conoce más que por vieja, por ser sabia. Cuando comienzo a leer sobre la letra impresa en los azulejos de este muestrario, voy recibiendo mensajes, llamadas, gritos de atención, avisos, timbrazos. Me está avisando de algo, me está citando a un aquelarre en el que solo hay evocaciones, invocaciones, advertencias. “Ten cuidado -nos dice-, no me dañes, que soy un animal herido y necesito caricias”.
Y cada vez que abro el libro por una página cualquiera está ahí la llamada, el toque de atención. Yo creí que conocía a Lluisa, pero me equivocaba. Ni la conocía a ella ni conocía sus versos. Me atraía su libertad de expresión, su mundo desconcertante y luminoso, las ráfagas de indisciplina que veía en su poesía, las referencias esquivas con la realidad, las notas arrebatadas de optimismo que caían más tarde, a través de un solo verso, en la más absoluta adicción de soledad y abandono. Creía que todo dependía de su estado de ánimo, de los hoyos de sus mejillas o de la intensidad del rubio de su pelo. Pero me equivocaba. Quizás todo se deba a sus largas conversaciones con un dinosaurio, al amargor de los nísperos celosos, a la incesante búsqueda del estornino que quiere imitar el canto del ruiseñor, a sus preguntas, a sus respuestas, a sus latidos, a sus olvidos, a sus deseos, a los tres lunares de su espalda, a la inocente meditación de esa suspendida queja: “si supieras…”
Lluïsa Lladó, Azul-lejos; he leído su libro con ansiedad después de haberlo comenzado casi de forma distraída, hojeando los poemas ejerciendo una función alternativa, sin premeditación ni alevosía, creyendo que sabía lo que iba a encontrarme. Y he terminado comiendo ávidamente cada palabra, paladeando cada emoción con ansia devoradora, como aquellos niños agraciados con la onza de oro en la película; solo que aquí Willy Wonka disfrazado de Lluïsa Lladó me da una lección enseñándome a disfrutar del auténtico sabor del chocolate en forma de poesía rotunda y contundente.
Escribo porque es la única manera de poder amar” dice Lluïsa comenzando su poemario desgarrado. Y yo le diría: “Te leo porque es la única forma de conocerte”. Quizás esté equivocada, posiblemente, pero me ha hecho ilusión creer que descubría a una mujer a la que desde ya admiro a través de su impresionante muestrario de azulejos.







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