miércoles, 6 de noviembre de 2013

CARTA DEL RESTAURANTE

Aprendí a no llorar
aunque me estrangularan las piernas,
a colgar mi karma de las alcayatas
como un cuadro viviente.

Cuando recuerdo tu faz

sin o con anti,
uno no sabe el papel
que le ha tocado en el drama de noche,
me levanté y los niños chillaban
en la lejanía
como gaviotas
en un puerto del Egeo.

Y cuando 

percibo con el motor de la bomba de agua,
el frío de tu lengua,
y como tus manos me retiraban la lana 
y sostenías como una dalia negra mis mejillas.

Una

reconoce
que ha perdido esta guerra,
coge tu yelmo,
has cortado la cabeza al dragón,
y ahora con respiración asistida
y habiendo dormido alguna luna
al amparo de tu cumbre,
reparo que no caí en la primera contienda,
fue en la última
con los brazos cosidos a tu espalda
que irremediablemente
me sentenciaban a  muerte.

Y que coste que es verdad lo que avisaste

locura y tristeza se reparten a partes iguales,
con la decisión tomada
a pesar de que la sangre se haya cocido
en varices nostalgia,
morados caminos
que recorrieron tus manos
que no volverán  a caer en infierno.

He empezado a sentir,

como las golondrinas que nunca existieron.

Y el pecho tiene un tercer seno,

un puñal con forma de tu nombre,
sí,la distancia entre dos puntos
es la mejor manera de quemarme en mis ruinas.

Te crees

que fabulaba
cuando dije que me habías ejecutado en cuatro albores,
por eso amante de montacargas
deja en una quinta salvarme.

Y no acudas a la alondra

que para ti saciar el hambre es una necesidad
y me cuesta entender el idioma del sin corazón
todo por carne vale.

Dolor

y un nudo en mis pies,
ríe de nuevo de mi esperpento,
no me importa...

Porque siempre un cenutrio se enamora,

cada ocaso a las doce
en Manhattan.

Y tú ni piensas en mí...

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